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domingo, febrero 27, 2011

El viaje de vuelta. El Ermitaño (Benavente) Por Jorge Díez


Demasiadas veces pasé por allí o cerca. Demasiado tiempo sin ir, aunque muchas personas hablasen bien del sitio. Así que este fue su momento, el regreso desde Toledo, con ganas de dejar atrás los anillos de Madrid cuanto antes. Levantarme, ponerme en ruta enseguida, que ya se verá en qué sitio mísero de la carretera fingiré un desayuno, y en cuanto me considere al norte de mi frontera imaginaria ya me relajaré, ya volveré a mis territorios. Como le gusta precisar a Toni, leoneses antes que castellanos.

Esta vez a Benavente no le dediqué nada, sólo un café sobre la marcha en un bar a las afueras, orientado ya hacia mi parada. El solo, el vasito de agua, la primitiva por aquello de la superstición del azar. La horda de chavales del Instituto me coge contra corriente cuando vuelvo a por el coche. Esos caminos tan poco sugerentes y por fin el complejo hostelero, con casi todo lo que quieras pedirle, que hasta perreras tuvo y podrían aprovecharse. Que no sea por falta de facilidades.

Las que no han venido hoy son las expectativas, más bien pienso en un comedor tradicional. Y la sala piensa lo mismo que yo. El rincón que me tocó es madera, piedra, luz escasa, decoración rústica y aprovechamiento práctico. Que nadie espere sorpresas, que mire más hacia el recuerdo, hacia el guiso tradicional, la bodega típica… Esas cosas que pueden ser tan reconfortantes cuando están bien hechas, que es lo que voy a pedirles.

La carta propone guisos conocidos, acordes con la época del año, y si acaso algún pequeño guiño a las hechuras modernas en algún aderezo, en detalles menores o tal vez sólo en el enunciado. La de vinos también se acomoda a esa línea. En otro momento hubiera echado de menos mayor oferta pero en plena ruta tampoco le puedo dedicar mucho al vino, seguro que me las apaño.

Me traen como aperitivo una crema de queso con paté de sardinas e higos. Crema compacta y muy sabrosa, que combina bien con lo demás. Empezamos con fuerza. También tengo un poco de aceite de oliva de buena calidad para que juegue con él si me apetece.

De primero he pedido huevos (a baja temperatura) con setas, lengua adobada y trufa. Vamos a pararnos un momento en el paréntesis, que es cosa mía. Lo que decía de los guiños a la modernidad aparece aquí. Ya la camarera, prudente, seguro que escarmentada por algún malentendido anterior, me recalcó que “los huevos eran a baja temperatura” cuando pedí el plato. Al ver que asentía, que conocía el truco, siguió adelante. Me da por pensar si se sienten cómodos trabajando así, si es lo que buscan o es una concesión a esa modernidad, que por otra parte parece que les crea tensiones con algunos clientes. Si tuviera confianza suficiente con él, es algo que me gustaría preguntar al cocinero. Bien, aparte de por qué hayan optado por esto, de si preferían un huevo frito para el mismo plato o cualquier otra alternativa, el resultado es muy bueno, que nadie se engañe. Esta cocina, si mete notas modernas, sabe manejarlas, igual que sabe manejar las clásicas. Muy buen plato, abundante y sabroso.

El segundo era la presa ibérica con setas. Sí, más setas. Era otoño, las había y me gustan. Buen corte, poco hecho (según lo había pedido) y buena la salsa que acompañaba, apoyada en el fondo de carne.

Para beber ya os avancé que no podía complicarme mucho la vida. Un Hito 2008 fue correcto como acompañante.

Como postre, crema de calabaza con piñones, pistachos y pasas, más yogur de oveja. También muy rico. ¿Para qué os voy a describir más? Creo que el enunciado es bien directo y da idea de lo que vas a comer. Esto parece obvio pero no siempre es así, con lo que es otro mérito.

La RCP, o ya que lancé en su día la idea, la RCC(antidad)P, me parece muy buena en este restaurante.

El servicio responde al estilo más clásico pero tiene tablas, está pendiente de todos los detalles, incluidos los de los clientes impertinentes que no saben en realidad cómo quieren las cosas y los de los que van con prisa, los “de carretera”. Tuve que sufrir dos mesas vecinas así, aunque más las sufrió la camarera y salió airosa. Tampoco los pillas por ahí.

Al final hubo visita del cocinero, también muy discreta, interesado por tu satisfacción pero sin entretenerte mucho. Otra vez pienso cuánto hay de obligado por la tendencia en esta decisión pero otra vez saben hacer las cosas, sea espontáneamente o porque se lo exija el guión.

Al llegar la hora del café se abre la puerta a un ceremonial distinto, si quieres. ¿Que te apetece tomarlo en la misma mesa, estirando el postre o la bebida? No hay problema. Pero te tientan con un salón que mucha gente ya conocerá. Planta superior, diáfana, buenas vistas, sillones provocadores, música ambiental. Un billar si alguien se anima. Licores diversos, aunque la carretera no está muy de acuerdo con que los pruebes. Y el momento de relajarse, de la tertulia si vais varios, de repasar lo que acaba de ser esta comida. No van a aparecer sus recetas en libros de culto, seguro. Tengo que recurrir a las notas para recordar lo que comí. Pero lo que no se me ha olvidado, lo que no podría recordarme ninguna nota pero está muy presente en mi ánimo ahora que escribo es la sensación placentera, ese calor reconfortante que nos queda dentro cuando hemos comido tan bien. Esa sensación es la responsable de que El Ermitaño quede ahí como una opción para volver en cualquier momento, de que sea sitio que recomendaría a quien me preguntase. Y conseguir eso cocinando tiene algo de arte, dar el paso de cubrir la necesidad de alimento a lograr ese algo más, ese refuerzo anímico, es trabajar muy bien en una cocina.

Sonrío, me estiro, respiro hondo. De nuevo ese camino tan feo que me devuelve a la autovía. Este viaje ha terminado, lo que le queda es mero trámite.

De vuelta a este momento y al teclado, también han terminado estos post enfermos, conservados en la memoria y en las notas para servirlos fuera de temporada. Vosotros diréis si se pueden comer todavía.

miércoles, noviembre 19, 2008

La Oronja (Zamora), por Jorge Díez


En un reciente viaje por Zamora y Salamanca tuve ocasión de conocer por fin “El Rincón de Antonio”, del que habló Toni hace poco, y también “La Oronja”, restaurante del que había leído cosas que llamaron mi atención.

Entre semana no encontré en Zamora ambiente para el aperitivo a mediodía en la calle de los Herreros, como era mi intención, así que di un paseo rápido y me aferré al menú de “La Veta”, opción aceptable y barata para la comida.

Tras dedicar la tarde al Museo Etnográfico -interesante colección, discutible criterio de interpretación- y a mi dosis de café y prensa, que solventó estupendamente el “Aureto”, al lado del museo, el paisaje había cambiado y sí me mostraba opciones para tomar una cañita o un vino antes de la cena. Las tapas estaban ahí, provocadoras en su reino de la barra, pero había que contenerse, que esperaba la cena formal. Observé una oferta muy clásica, muy popular, pero apetecible y a precios contenidos.

Y llegamos a “La Oronja”. Sala blanca, música ambiental un poco alta y sólo otra mesa con tres personas la noche de un jueves, pero el teléfono registra reservas y encargos concretos de comida, supongo que de cara al fin de semana. Intuyo que les va bien.

Las cartas de platos y vinos no son muy amplias, dato que valoro siempre como bueno porque las hace más creíbles, más dignas de confianza en el producto y en una rotación adecuada. Me decido, pido y recibo buenas orientaciones del servicio: mejor medio entrante porque son abundantes, y tengo vinos por copas si no me animo yo solo con una botella (no me conocen…)

Me traen como aperitivo una “Croqueta de rape con cecina sobre crema de patata con pimentón”. ¿No os parece que la descripción y denominación de algunos aperitivos desborda su tamaño y su función? ¿Me estaré volviendo quisquilloso con la edad? Al grano: croqueta suave, con poco rape y notoria presencia de la cecina. Sabrosa.

Llega mi media de “Mojama y lomo ibérico con macadamia y aceite”. Me gusta que usen la mojama, tan poco frecuente por el norte. Y es cierto que las raciones son amplias. Sabrosa e intensa la mojama, algo menos el lomo aunque no está mal; hacen buena pareja. La ralladura de macadamia le da una gracia peculiar al plato y el aceite de oliva es bueno y suave, para dejar que se expresen bien los demás ingredientes, pero pone su grado de untuosidad al conjunto. Acompaña en un cuenco aparte una picada fina de tomate natural también con aceite. Y te ofrecen unas rebanadas de pan tostado finas, para que montes el plato a modo de pequeñas tostas, si quieres.

Antes de que Toni lo pida: 9’50 ¡IVA incluido!

Después, “Carrilleras de ibérico con shitake y garbanzos de Fuentesaúco fritos”. Tres carrilleras algo irregulares aunque tuve suerte con el azar del orden: la primera, muy sabrosa; la segunda fue la peor, ya le faltaba frescura; y la tercera me permitió recuperar buen sabor de boca, un punto intermedio entre las otras. Quizá es una consecuencia de la menor rotación del producto por semana. Me pareció demasiado intenso el shitake, se adueñaba en exceso del plato, aunque no estoy muy acostumbrado a ese hongo, así que no sé hasta dónde se les fue la mano en la cocina y hasta dónde es una combinación que no me agrada sin más. El fondo era sabroso pero lo hubiese preferido un poco menos salado. Estos dos puntos –la intensidad del hongo y una pizca de sal de más- le restaron algo, pero el conjunto era bastante bueno. Lo mejor, la suavidad de la legumbre, que fue la más honesta en su acompañamiento a las carrilleras.

16’50 euros, para el detalle.

Dejo el vino para el final, porque requiere otra explicación, y paso al lado dulce. De postre, “Chocolate a la enésima”, que así figuraba en la carta. Cuatro presentaciones de chocolate combinadas. Una crema de chocolate, de sabor tostado intenso y buena textura; un brownie acompañado de otra crema más suave y fluida que la anterior; un helado con crujiente de cacao y un blanco y negro, crema densa de chocolate blanco con incrustaciones de chocolate negro y frutos secos. Lo leo y me asusto un poco yo mismo: para un chocoadicto, como es mi caso, estupendo, para el común de los mortales había otras posibilidades atractivas en la carta. Eso sí, también fue medio postre, opción que me plantearon y acepté. Visto así, los postres completos están diseñados para compartir o si sólo se ha tomado un plato.

El dato: 4’25 euros.

Con el vino me equivoqué por completo. Pedí un “Estancia Piedra Selección 2000”. A pesar de la añada, del decantado (que por cierto no pedí) y de airearlo en la copa casi con saña, aquello no se abría ni por fas ni por nefas. Durísimo, astringente sin contemplaciones, tánico agresivo en el peor sentido…caro: 22’50. Quedó mucho más vino del que yo suelo dejar. Si el “Azul” de la misma bodega es un asidero cuando en una carta no hay mucho para escoger y está a un precio que le perdona casi todo, me dio por guiarme por él para elegir a su hermano mayor, y en buena hora estaba haciendo otra cosa. Nota para el futuro: si no vas a hacer los experimentos con gaseosa, cosa que tengo prohibida, hazlos en casa; fuera, siempre a lo conocido y seguro salvo sabio consejo. Repetí la jugada al día siguiente en “El Rincón de Antonio” con un champán (El hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra y algunos somos más animales que otros)

Aparcamos la elección fallida y nos fijamos en otros detalles: buen menaje, buen servicio. La elaboración me pareció discreta pero correcta y si tenemos en cuenta la abundancia de las raciones, la relación entre calidad y precio en conjunto me parece buena.

Ni el café ni el pan (aparte de las rebanadas tostadas del entrante, me refiero) eran destacables. El café, cortesía de la casa; el pan, 1’30.

Total del asunto: 54’05 euracos.

Salí con sensaciones contradictorias y me costó repensar las cosas para poder excluir el vino de la ecuación y hacer justicia a la cena. Vistos pros y contras me parece un sitio interesante. Seguro que le doy más oportunidades en otras circunstancias.

Después me esperaba empezar bien la noche en “La Cueva del jazz” y -a estas alturas en que los habituales ya conocen el lado oscuro se puede decir- terminarla en “El Muro”, un garito heavy de la mejor casta (chapeu, chavales)

Mañana, más.


Datos:
Restaurante La Oronja
Plaza del Maestro Haedo, 4
Tfno. 980 534 038
Zamora


viernes, agosto 29, 2008

El Rincón de Antonio (Zamora), por Toni


No. No es un rincón que tenga un servidor en la histórica ciudad leonesa. Que más quisiera yo.

Se trata del restaurante del cocinero Antonio González, visita obligada de los amantes del buen comer en Zamora y uno de los más reconocidos de Castilla y León. Está situado en pleno centro a un paso del ayuntamiento y del Parador. A la entrada tienen habilitado un pequeño bar de vinos y también sirven tapas de cocina creativa con una pinta magnífica.

Como se puede ver en la foto, piedra vista en las paredes y una tenue iluminación en la sala. Llegamos los primeros, por lo que la atención fue inmediata. La primera sorpresa es que los precios llevan incluído el IVA. Por fín parece ser que se está convirtiendo en algo habitual y no en la excepción como ocurría hasta hace poco.




Tardamos poco en decidirnos y menos todavía en llegar el aperitvo de la casa: perdiz en escabeche y verduras. En visitas anteriores ya habíamos apreciado el buen hacer que tiene Antonio con los escabeches y este no fue menos. Muy bueno.


Seguimos con entrantes frescos perfectos para esta época. Extraodinaria la ventresca de atún con sopas de ajo ligeramente infusionadas con salchicha ibérica de Zaratán y aceite de foie. 19,50€. Magnífica la concepción del plato, en el que todos los acompañantes realzan el sabor de la de una de por sí muy buena ventresca dando lugar a un bocado de intenso sabor.




También fresco fue el jarrete de ternera de Aliste, vinagreta de caramelo de naranja, mayonesa de trufa y trufas de verano. 14€. Se podría aplicar perfectamente el comentario anterior. Aquí triunfa el producto. Carne de gran calidad y una sabrosísima mayonesa con la que armonizaba muy bien.

Los platos principales siguieron por el buen nivel. El solomillo ibérico adobado, olivas verdes de Fermoselle, láminas de cebolla secas, reducción de oloroso y frutas, 18€, se comía sólo con verlo. Muy buen producto también. Perfecto de punto como se puede apreciar, aunque no me convenció del todo el acompañamiento de las cebollas. Armonizaba mejor con las aceitunas, que eran más bien negras que verdes, y sobre todo con la compota de frutas que daba el contrapunto dulce a las aceitunas y la salsa de oloroso.

Para mi la sorpresa de la cena fue el salteado de lengua ibérica, langostinos de Huelva, tomates confitados y caldo de pichón. 20€. Últimamente se va viendo en las cartas la lengua. Muy bien mientras no se convierta en una plaga tipo vieiras, carrilleras, foie etc. Esta tenía una textura extraodinaria, perfecta de punto, con un sabor potente pero elegante, profundo y largo con los tomates suavizando su potencia. Coronando la composición había también oreja de cerdo. No probé los langostinos, que también recibieron alabanzas.

Tal vez por no esperado se convirtió en el plato estrella de la cena.



Los postres tal vez no tuvieron tanto nivel como las propuestas saladas pero estuvieron a la altura. Muy ricas las cañas de Zamora rellenas de crema de haba de Tonka, helado de chocolate crujiente sobre una gominola. 8,50€. El helado de chocolate estaba impresionante. Merece un postre como protagonista principal.





El otro postre fue una crema de galletas de nata y manzanas de Bierzo, helado de limón y crujiente de pan frito con vainilla. 8,50€. Agradable, sobre todo en una noche calurosa de verano, pero estando bien fue lo más flojo de la cena.

La carta de vinos es muy buena. Prácticamente todos los vinos de nivel de la provincia de Zamora, por supuesto del resto de Castilla y León, una buena selección del resto de España y algunas referencicas extranjeras. Tomamos un Toro, Gran Colegiata Campus 2002, 35€, que sólo tuvo el fallo de que fue servido caliente. Nada que una cubitera arregle en 10 minutos, aunque problemático en este caso al venir los primeros platos muy rápido. Copas Riedel.

El servicio rápido, eficiente y lo que a veces es lo más difícil: simpático.

Lo que más nos extrañó fue que un sábado de verano, con Zamora llena de gente en las calles del centro y con mucho turista sólo tuvieron 4 mesas de 2 personas, y 2 de ellas llegaron después de las 23. Mal asunto para un restaurante.

La cocina de Antonio González convence. Utiliza los magníficos productos de la tierra y les da un enfoque novedoso, con acompañantes que no enmascaran su sabor sino que lo hacen destacar en composiciones muy bien pensadas y sorprendentes a la vez. Me recuerda a Vivaldi ó al Ermitaño en esa renovación de la cocina tradicional. Merece la pena una pausa para conocerlo en la visita a Zamora.

Nota general: 7,75

Emoción: 8,50

El Rincón de Antonio

Rua de los Francos, 6, Zamora

980 535 370

http://www.elrincondeantonio.com/

toni