
Retomo el hilo. Al Llar le sucedió como base el “Naima”. Juro que tuve mi época de tomar té americano allí. ¡Y de noche! Paco me miraba como a un marciano pero nunca me falló. Era también un recurso seguro para las noches de diario y para hablar de lo divino y lo humano. La música siguió siendo española pero escoraba hacia el pop. Y también marcábamos el territorio escogiendo esquina, aunque allí servía de poco, más testimonial que otra cosa, que en cuanto se llenaba el pub era un mar de gente. Al final acabó quitando las mesas el fin de semana.
Cuando quería explotar la veta inglesa, o iba solo o con los más leales. Entonces nos tocaba cambiar de recorrido y subir a “La silla eléctrica” y sobre todo al “Metro”. En la Silla todavía hablaba con los amigos; en el Metro entraba en trance y escuchaba. La vanguardia en inglés vivía allí, incluso la que ni llegaría a Asturias siquiera. Si coincidía una sesión en que pinchaba Valentín Santamaría la noche era estelar. Aunque vulgares, de Gordons o Larios, allí había sitio para esos Gin Tonics tan afamados hoy. (¿Cómo van a gustarme ahora?)
Ese era el lado onírico. Lo asocio al cómic, que también vivió entonces una buena época. El de aquí, de Barcelona y Madrid sobre todo, nada de manga. Como siempre, con bandos: línea clara frente a línea oscura, Cairo frente a Víbora, decidía dónde ir -Pick up frente a Santa Sebe- cuando la noche no obedecía reglas, cuando me había escindido del grupo y quería soñar solo. Algo tienen, o a alguien tienen; ahí siguen vivos y coleando. Los pubs, no los comics. ¿Lo adivináis? Casi siempre escogía lo oscuro, la Santa, y la chica más enigmática de la noche ovetense de entonces. A saber en quién se habrá convertido.
Como no soñábamos tanto casi siempre pisábamos suelos más embadurnados: “Desmayu”, “Ananda”, “Cechini”…
También hubo una ruta cervecera para los arranques, que coincidió con la época en que entraron en Oviedo algunas marcas de importación por encima de lo que conocíamos aquí. Y se sucedieron en el trono “L’asturianu”, “La internacional” y “La Deva”, la minúscula y la grande, cuando Yoli tuvo que tomar el timón y hacer un bar rentable como fuera. En La Deva parábamos demasiados conocidos para local noctámbulo, parecía más de barrio y ese era su encanto. A La internacional me llevaron la casualidad y un amigo que trabajó de comercial y de camarero, estupendo anfitrión en ese mundo del lúpulo. Y allí volví a encontrar al inefable Mauricio, cubano de Villaviciosa, después de infinitas noches dedicadas al ron en su “Caimán barbudo” de la calle Carpio. Este merecería por sí solo otro post. Después Mauricio se pasó al territorio del vino pero coincidimos pocas veces. Quizá deba visitarlo otra vez y recordar viejos tiempos. Y sin cerrar el capítulo de la cerveza con este paréntesis, ahí estaba el “Ca Beleño”, casi un mundo también, demasiado amplio para constreñirlo con la cebada. Era cerveza, era café por la tarde, era carajillo para entonar, era whisky en mil variantes, era música, era punto de encuentro con los vecinos y a veces rivales de Filología… Y es otro que sigue en la brecha. Por cierto, padre putativo de La Deva a su manera.
¿Cómo se podía abarcar tanto? Ni lo sé visto desde hoy. Otro camino posible pasaba por los históricos, los que vieron sucederse generaciones de pretendidos bohemios que (casi todos) fingían y buscaban otras cosas. Hay dos nombres imprescindibles en esta parcela. El "Diario Roma", que es otro camaleón de la noche de Oviedo y atesora una gran discoteca aunque restrinja mucho su uso y disfrute. Y como uno tiene sus años lo conoció antes de ser el que es, cuando era el “Biba”, misma estructura pero impagable escalera kitsch envuelta en un zapato de tacón femenino. Y el clásico “Tigre Juan”, el original con su piano y sus tres zonas, más que el efímero sustituto que siguió al cierre por derribo, aunque merece recordarlo también. Otro cofre lleno de historias.
Ea, fuera pedantería, que esos clásicos es lo que tienen. Cuando también la ruina cerró el Naima nuestro último refugio con la versión de pop español aún más edulcorada fue el “Ñeru” y ahí se hizo astillas lo que quedaba de la panda, que ya tocaba. Después hubo etapas para otra gente, nuevos conocidos o rescatados de antaño, y tuve parada y fonda en “La armónica”, en “El cielo”, que ocupó el local del Dharma y lo mismo era café tranquilo de tarde que acogía lo inconfesable de noche, en “El refugio”, con tan buenas sesiones musicales hasta que les cortaron las alas…
Saltando aquí y allá, de década en década, me han quedado en el teclado-tintero el “Plaká”, el “No name” con su Keller negra y su sándwich de jamón y queso, el “Changó” agarrado a la moda del mestizaje cultural, “El olivar”, los cuadros de Cabrero, los vinilos viejos que aguantaron la llegada del CD, los primeros vídeos musicales (cuando eran como cortos, no como papel couché para vender el temita) como los del Viena de Ultravox o el Ashes to ashes de Bowie, el “Tsaciana” desde donde también dieron el salto al vino, los pinchos del “Campa” o del “Chicote”, la cara seria del patrón del “Frankfurt”, que trajo a Oviedo el fast food antes de que nadie supiese lo que era, los garrafones de cerveza en “Las Mestas” con concurso incluido… Demasiadas cosas. Tantos camareros casi amigos, que siempre he sido animal de barra y eso se me da bien. Tantos años que da un poco de vergüenza.
La mayoría leeréis esto en diagonal o ni siquiera porque no conocisteis los sitios, pero habrá quien se mire al espejo y quiera ver en sus canas otra cosa. Venga, me perdonaréis por eso del espíritu navideño. Todos se ponen pesados por estas fechas y como atenuante diré que escribo esto el día 28 de diciembre. Y este es el árbol de navidad que os dejo. Ahora llenadlo de paquetes con regalos, poned vuestros propios caminos, diferentes, más jóvenes. Muchos locales citados ya no existen pero alguno sigue y os habrá dicho algo. Podéis aprovechar para poner a caldo a este aprendiz de gourmet con tanta información de su pasado. Pero sobre todo este árbol pide adornos musicales, es lo que le falta. Llenadlo de enlaces a vuestro gusto. De aquella le quedan ecos de Leño, Asfalto, Topo; de Ilegales o La Banda del Tren; de Crack; de Salón Dada o Modas Clandestinas; de Loquillo, de Golpes Bajos, de Dire Straits, de Bowie, de Pink Floyd, de Genesis, de U2, de Jethro Tull, de Black Sabbath o Thin Lizzy, de Kansas o de ZZ Top… Demasiados ecos. Y en la cúspide del adorno yo propongo el Starless de King Crimson. Feliz 2009 y más.
P.D. Como siempre, esto es para todo el que quiera leerlo, pero esta vez en especial para Tony, que lo provocó. Sigue en la brecha, hermano.
