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sábado, enero 03, 2009

Un camino antiguo y oscuro (II), por Jorge Díez



Retomo el hilo. Al Llar le sucedió como base el “Naima”. Juro que tuve mi época de tomar té americano allí. ¡Y de noche! Paco me miraba como a un marciano pero nunca me falló. Era también un recurso seguro para las noches de diario y para hablar de lo divino y lo humano. La música siguió siendo española pero escoraba hacia el pop. Y también marcábamos el territorio escogiendo esquina, aunque allí servía de poco, más testimonial que otra cosa, que en cuanto se llenaba el pub era un mar de gente. Al final acabó quitando las mesas el fin de semana.

Cuando quería explotar la veta inglesa, o iba solo o con los más leales. Entonces nos tocaba cambiar de recorrido y subir a “La silla eléctrica” y sobre todo al “Metro”. En la Silla todavía hablaba con los amigos; en el Metro entraba en trance y escuchaba. La vanguardia en inglés vivía allí, incluso la que ni llegaría a Asturias siquiera. Si coincidía una sesión en que pinchaba Valentín Santamaría la noche era estelar. Aunque vulgares, de Gordons o Larios, allí había sitio para esos Gin Tonics tan afamados hoy. (¿Cómo van a gustarme ahora?)

Ese era el lado onírico. Lo asocio al cómic, que también vivió entonces una buena época. El de aquí, de Barcelona y Madrid sobre todo, nada de manga. Como siempre, con bandos: línea clara frente a línea oscura, Cairo frente a Víbora, decidía dónde ir -Pick up frente a Santa Sebe- cuando la noche no obedecía reglas, cuando me había escindido del grupo y quería soñar solo. Algo tienen, o a alguien tienen; ahí siguen vivos y coleando. Los pubs, no los comics. ¿Lo adivináis? Casi siempre escogía lo oscuro, la Santa, y la chica más enigmática de la noche ovetense de entonces. A saber en quién se habrá convertido.

Como no soñábamos tanto casi siempre pisábamos suelos más embadurnados: “Desmayu”, “Ananda”, “Cechini”…

También hubo una ruta cervecera para los arranques, que coincidió con la época en que entraron en Oviedo algunas marcas de importación por encima de lo que conocíamos aquí. Y se sucedieron en el trono “L’asturianu”, “La internacional” y “La Deva”, la minúscula y la grande, cuando Yoli tuvo que tomar el timón y hacer un bar rentable como fuera. En La Deva parábamos demasiados conocidos para local noctámbulo, parecía más de barrio y ese era su encanto. A La internacional me llevaron la casualidad y un amigo que trabajó de comercial y de camarero, estupendo anfitrión en ese mundo del lúpulo. Y allí volví a encontrar al inefable Mauricio, cubano de Villaviciosa, después de infinitas noches dedicadas al ron en su “Caimán barbudo” de la calle Carpio. Este merecería por sí solo otro post. Después Mauricio se pasó al territorio del vino pero coincidimos pocas veces. Quizá deba visitarlo otra vez y recordar viejos tiempos. Y sin cerrar el capítulo de la cerveza con este paréntesis, ahí estaba el “Ca Beleño”, casi un mundo también, demasiado amplio para constreñirlo con la cebada. Era cerveza, era café por la tarde, era carajillo para entonar, era whisky en mil variantes, era música, era punto de encuentro con los vecinos y a veces rivales de Filología… Y es otro que sigue en la brecha. Por cierto, padre putativo de La Deva a su manera.

¿Cómo se podía abarcar tanto? Ni lo sé visto desde hoy. Otro camino posible pasaba por los históricos, los que vieron sucederse generaciones de pretendidos bohemios que (casi todos) fingían y buscaban otras cosas. Hay dos nombres imprescindibles en esta parcela. El "Diario Roma", que es otro camaleón de la noche de Oviedo y atesora una gran discoteca aunque restrinja mucho su uso y disfrute. Y como uno tiene sus años lo conoció antes de ser el que es, cuando era el “Biba”, misma estructura pero impagable escalera kitsch envuelta en un zapato de tacón femenino. Y el clásico “Tigre Juan”, el original con su piano y sus tres zonas, más que el efímero sustituto que siguió al cierre por derribo, aunque merece recordarlo también. Otro cofre lleno de historias.

Ea, fuera pedantería, que esos clásicos es lo que tienen. Cuando también la ruina cerró el Naima nuestro último refugio con la versión de pop español aún más edulcorada fue el “Ñeru” y ahí se hizo astillas lo que quedaba de la panda, que ya tocaba. Después hubo etapas para otra gente, nuevos conocidos o rescatados de antaño, y tuve parada y fonda en “La armónica”, en “El cielo”, que ocupó el local del Dharma y lo mismo era café tranquilo de tarde que acogía lo inconfesable de noche, en “El refugio”, con tan buenas sesiones musicales hasta que les cortaron las alas…

Saltando aquí y allá, de década en década, me han quedado en el teclado-tintero el “Plaká”, el “No name” con su Keller negra y su sándwich de jamón y queso, el “Changó” agarrado a la moda del mestizaje cultural, “El olivar”, los cuadros de Cabrero, los vinilos viejos que aguantaron la llegada del CD, los primeros vídeos musicales (cuando eran como cortos, no como papel couché para vender el temita) como los del Viena de Ultravox o el Ashes to ashes de Bowie, el “Tsaciana” desde donde también dieron el salto al vino, los pinchos del “Campa” o del “Chicote”, la cara seria del patrón del “Frankfurt”, que trajo a Oviedo el fast food antes de que nadie supiese lo que era, los garrafones de cerveza en “Las Mestas” con concurso incluido… Demasiadas cosas. Tantos camareros casi amigos, que siempre he sido animal de barra y eso se me da bien. Tantos años que da un poco de vergüenza.

La mayoría leeréis esto en diagonal o ni siquiera porque no conocisteis los sitios, pero habrá quien se mire al espejo y quiera ver en sus canas otra cosa. Venga, me perdonaréis por eso del espíritu navideño. Todos se ponen pesados por estas fechas y como atenuante diré que escribo esto el día 28 de diciembre. Y este es el árbol de navidad que os dejo. Ahora llenadlo de paquetes con regalos, poned vuestros propios caminos, diferentes, más jóvenes. Muchos locales citados ya no existen pero alguno sigue y os habrá dicho algo. Podéis aprovechar para poner a caldo a este aprendiz de gourmet con tanta información de su pasado. Pero sobre todo este árbol pide adornos musicales, es lo que le falta. Llenadlo de enlaces a vuestro gusto. De aquella le quedan ecos de Leño, Asfalto, Topo; de Ilegales o La Banda del Tren; de Crack; de Salón Dada o Modas Clandestinas; de Loquillo, de Golpes Bajos, de Dire Straits, de Bowie, de Pink Floyd, de Genesis, de U2, de Jethro Tull, de Black Sabbath o Thin Lizzy, de Kansas o de ZZ Top… Demasiados ecos. Y en la cúspide del adorno yo propongo el Starless de King Crimson. Feliz 2009 y más.


P.D. Como siempre, esto es para todo el que quiera leerlo, pero esta vez en especial para Tony, que lo provocó. Sigue en la brecha, hermano.

jueves, enero 01, 2009

Un camino antiguo y oscuro (I), por Jorge Díez



Uno es un tipo corriente, de barrio, de una pequeña ciudad de provincias. Sí, pasé por la Universidad pero cuando era muy abierta. Antes había servido para diferenciar élites y puede que vuelva a hacerlo, pero no en mi época. Ahora tengo un trabajo vulgar mal pagado y vivo en un piso de alquiler compartido. Algo no cuadra con ciertas tendencias sibaritas, piensa gente cercana a mí; así que es buen momento para repasar alguno de los recorridos que me han traído hasta aquí y que desmitifiquen al gourmet, que en estas fechas me empalaga.

Respetados lectores, cuidado si tienen vértigo porque vamos a viajar dando saltos en el tiempo de más de veinte años: agárrense fuerte.

Recién habíamos dejado de ser adolescentes, aún estaba ahí el instituto y sus recuerdos y la cuadrilla se repartía entre los que seguíamos estudiando y los que buscaban ya una salida laboral pero todos igual de inmaduros, de indecisos, de esperanzados. Podía parecernos otra cosa aunque nuestro nexo era el ocio compartido, el pretexto para hablar más o menos, tratarnos más o menos y abrirnos más o menos; era pronto para otras ambiciones o simplemente no las poníamos en común. Cuánto hemos manoseado con los años la definición de amistad. En fin.

Tiempos de vorágine, cada vez el fin de semana era más largo y más intenso y la “semana” más invisible. Los años del lunes como día del espectador (ahora vuelve a serlo), del jueves de ciudad universitaria, cuando salían los que debían volver a casa de la familia el fin de semana (empezaba a serlo), del domingo vivo, de cierres relajados y precios bajos. Este último no ha sobrevivido.

Años sin exigencias, sin horarios. Fines de semana de cerveza corriente, de música alta, de mucho aguante físico y poca reflexión, aunque no nula. Empezábamos pronto porque cenar no era una prioridad. Y acabábamos cuando no había más remedio, vamos a omitir las causas. Había unos recorridos muy pautados sin necesidad de hablarlo, un orden para los locales, un horario, unos territorios. Curiosa periferia, de aquella la Mahou era rara por aquí y el dominio de la barra lo ejercían la Voll-Damm –que era una cerveza común, nada especial- y la Keller. Lo lamento, pero este post va a estar plagado de marcas, locales concretos, gustos musicales y otras referencias con entidad comercial.

- Jorge, ¿y esto qué es?, ¿dónde está aquí la gastronomía?
- No, no hay. Ya dije que era un camino turbio para desenmascarar al gourmet.

Comer se limitaba a los pinchos de soporte en medio o al final del recorrido y eran cualquier cosa menos refinados, como nosotros.

El punto de partida solía ser la calle Rosal, cómo no, donde convivían tribus y edades diversas antes de despegar cada cual hacia su zona protegida. Empecemos a definirnos: nosotros agrupábamos la manada en “El cuentu de la buena pipa”, que tenía entre otras virtudes estar en medio de la cuesta, ni muy arriba ni muy abajo, entre unos grupos y otros. En este checkpoint charlie particular sonaba un poco de todo y se bebía un poco de todo, justo lo que queríamos. La jerarquía del local se reflejaba en la zona que ocupabas: la barra, más para las chicas que lucían palmito y para los amigos veteranos de los camareros; las mesas del fondo para los habituales, con privilegio para la más apartada, la última de la izquierda (obviamente, por si las actividades no eran “del todo legales”) Las mesas de la entrada para los primerizos o los más desenfadados, aunque la primera de la derecha, por su tamaño, la ocupábamos a veces si la tribu tenía invitados.

Podía ser que algunos antes o después quisieran parar en “El Chiribí”, tan popular, tan para ver y ser visto, tan cuidada la decoración que fue capaz de resistirnos. Prodigio de bar longevo, todavía volví muchos años después en la pausa del café cuando trabajaba cerca. O en “La Maniega” si ya necesitabas avituallamiento o no podías perdonar la cena que no habías tomado en casa. Esos pinchos también lo mantuvieron durante muchos años en las listas de favoritos.

Pero nuestra hoja de ruta marcaba el “Casablanca”, justo al lado del Cuentu y tan ecléctico como este, aunque menos acogedor, más bullicioso. Si el día era para los más raritos, los menos sociables, o si había salido de avanzadilla y tenía tiempo hasta la cita fijada, yo tendía al “Garaje hermético” que hacía honor a su nombre y que recuerdo siempre entre ensoñaciones, bastante ensimismado, como era la intención.

Rosal se agotaba temprano y era el momento de mirar al casco antiguo, de diferenciarnos más. Quedan como apunte de pocas veces o de andanzas solitarias el “Más madera”, porque no me gustaba compartirlo, lo quería sólo para mí, y el “Dharma”, porque a ningún amigo le gustaba compartirlo conmigo (Pero tío, ¡si ahí ponen jazz! ¿Tú qué te metes?)

Los años que duró, el cuartel general lo teníamos en “El Llar”. Sí, jovenzuelos, donde luego estuvo el “Chanel”, que creéis que habéis inventado algo. Qué sitio tan especial, aunque llegaran a echarnos una vez por no entender las cualidades artísticas de los graffiti del más dotado de nosotros para el dibujo. Sigo diciendo que sus mesas y las paredes del baño ganaban gracias a él. En todo caso, allí llegaba la vanguardia de la música en español. Eran sobre todo tiempos de rock fuerte, del radical vasco y sus asimilados. Era lo más parecido al punk que podía digerir Oviedo en público.

Insisto en que esto es una pequeña ciudad, que aquí no bebíamos de las mejores fuentes. Todavía nos quedaba un poco grande Radio 3, la Radio 3 de la edad de oro, cuando tenía los que puede que hayan sido los mejores informativos de la radio española (de la pública, sin duda). Recuerdo que José Miguel López ya estaba allí. Alguien con unos gustos tan amplios como los míos, supongo que mejor ordenados y justificados, no podía dejar de llamar mi atención. Le debo bastante. Al venerable Trecet de aquella lo asocio más a la NBA que a la música. (Por cierto, tiempos en que había que escoger los pocos bares que ponían el partido de baloncesto de la liga española los domingos por la mañana. Un brindis también por ellos, que nos ayudaron a descubrir la sesión vermut) Y había que sacar jugo de Los 40 principales, qué remedio, aunque una radiofórmula en la que podías escuchar con normalidad a Black Sabbath, a Silvio Rodríguez o a Leño indistintamente entre lo más comercial aún tenía una dignidad que tampoco ha sobrevivido. Los rincones para refugiarse en ese dial tan antipático eran, si el día iba de duro, el de Alberto Toyos, y si de moderno, “El expreso de medianoche”, de Enrique Bueres, que aunque el chaval nos pareciera algo empalagoso nos trajo la movida y sus secuelas, hay que reconocerlo. Él y la sala “Vértigo”, que entonces trabajó mucho en solitario para montar conciertos y tratar de poner al día Oviedo (La Mode, Golpes Bajos, Polansky y el ardor, entre otras fiebres pasajeras) Que nadie olvide que hasta hacía muy poco San Mateo eran los bailes de la Herradura y punto. La lluvia, un Miguel Ríos que no actuó, muchos chavales hartos y la vista para aprovecharlo del alcalde Masip inventaron unas fiestas nuevas pero poco a poco.