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jueves, septiembre 19, 2019

Ejemplo de hostelero que intenta engañar al cliente y desprestigia a su gremio

Los hechos que voy a relatar ocurrieron el mes de septiembre de 2019 en el restaurante Crystal by La Caballería de Guardamar del Segura (Alicante).

Antes de cenar, tomamos dos vinos en la barra que costaron 3€ y nos dijeron que nos lo apuntaban en la cuenta de la cena.





Crystal by La Caballería tiene bastantes platos argentinos y para acompañarlos pedimos un malbec argentino que marcaba en carta 21€.

Cuando llegó la botella resultó ser el Reserva que en carta estaba marcado a 28€.
Le comento al camarero, que creo que era el jefe o por lo menos el encargado, que no es el vino que le había pedido, que este es el Reserva y me contesta: "sí, es el que usted pidió".






Cuando llegó la cuenta observo que no están incluidos los 3€ de los vinos que habíamos tomado en barra y como me temía, era el Reserva de 28€ el que venía cobrado y no el malbec básico de 21€ que yo había pedido. De todas formas, aunque nos tocara pagar más de lo debido en conjunto, decidimos no decir nada.

El total de la cuenta sumaba 53€ pero cuando el camarero pasó la tarjeta y me presentó el terminal compruebo que están marcado 56€. Al verme durante unos momentos mirando para el terminal me dice: "me había olvidado de incluir los 3€ de los vinos y se lo he sumado al total".


Como ya me parecía excesiva la tomadura de pelo, entonces le dije: "de acuerdo, pero yo le pedí el malbec de 21€ y usted me puso el de 28€ a pesar de avisarle cuando lo trajo de que ese no era el que le había pedido y encima me miente diciéndome que sí era ese el que le pedí".

Y ante nuestro asombro contesta: "sí, pero como no nos quedaba el básico le puse el Reserva bajo mi responsabilidad".

 "Ya, le dije yo, pero cobrar nos cobra el superior, cosa que no debería hacer sin avisar primero. Si nos pone el Reserva bajo su responsabilidad porque no le queda el básico debería cobrar el que se le pidió".




Al final, y sin pedir disculpas ni nada parecido, rectificó la cuenta y nos cobró lo debido como se puede ver en la foto de la derecha.






Un ejemplo perfecto de lo que nunca debería hacer un hostelero. Si nos lo intentan hacer a nosotros, españoles en España, qué no harán a la numerosa clientela extranjera y de edad avanzada que abunda por la zona. No me lo quiero ni imaginar.

viernes, junio 23, 2017

¿Es el cachopo una creación asturiana? Tal vez no...



En principio no tenía pensado hacer post sobre este asunto, pero el compañero Rubén Galdón del blog  omacatladas, que sabe mucho más sobre el cachopo de lo que yo sabré nunca, me animó a hacerlo y al final me decidí aunque tampoco dé para mucho el tema.



 
En unas recientes vacaciones en Eslovenia, fuimos a cenar al restaurante Vodnikov Hram, un clásico de la capital, Liubliana, situado a los pies del funicular al castillo. Uno de los platos que pedimos fue la ternera al estilo de Liubliana, y cuál fue nuestra sorpresa al llegar el plato y ver que era un… cachopo




 
Como se puede ver en la foto, al revés que los nuestros, este era pequeño y grueso pero indudablemente un cachopo, por lo tanto cuando se hable de la asturianidad del cachopo habrá que recordar que no solo es patrimonio asturiano sino que hay más sitios (porque seguro que aparte de Liubliana hay alguno más)  donde se les ocurrió la misma idea.



viernes, octubre 14, 2016

Cumplimos 10 años

 


Solo un pequeño post para recordar que hoy se cumplen 10 años desde que este humilde blog inició su andadura.  El mérito no es mío, sino del Diletante original, Francisco, que fue el organizador de todo esto.

No puedo dejar de recordar también a mi amigo Jorge Díez que nos deleitó con su magnífica prosa durante el tiempo que nos acompañó hasta que impulsó su propio proyecto.

En una época en la que, los que antaño nos parecieron novedosos blogs, estos están de capa caída y a pesar de que mi ritmo de publicación ha decaído enormemente con respecto al pasado, aunque sea a cuentagotas, aquí seguiremos de vez en cuando contando lo que merezca la pena contar para quien pueda estar interesado.

A por otros 10 años.

miércoles, marzo 26, 2014

¿Es esta la gastronomía que queremos vender en Asturias?


He utilizado un título del post tal vez algo injusto con la gastronomía asturiana. A pesar de que en Asturias disfrutamos de varios restaurantes excelentes que prestigian nuestra gastronomía, está claro no toda ella se mueve en semejante excelencia. Evidentemente no todos los establecimientos pueden ser de alto nivel, pero entre éste y el rancho, hay un término medio que afortunadamente también existe, pero está claro que también existen muchos sitios de nivel manifiestamente mejorable que por desgracia suelen ser los que frecuentan muchos turistas.

Muchos de estos sitios suelen ser sidrerías. Hacía un montón de años que solo entraba en sidrerías para tomar sidra nada más pero hace unos días coincidió que estábamos en Gijón avanzada la tarde y nos
apeteció picar algo sencillo para engañar al estómago. Entramos en una céntrica sidrería y pedimos un par de raciones. La primera fueron unas patatas bravas. 6€. Sí. Seis euros. La foto no hace justicia a lo lamentable del plato. No sé qué estaba peor, si las patatas, a pesar del sorprendente logro de estar a la vez saladísimas e insípidas o la tremebunda salsa que debería estar tipificada en el código penal.  Seis euros por esto me pareció la peor relación calidad/precio que había visto en años.



Pero este record fue pulverizado minutos después por el inenarrable chorizo criollo, 4,50€. Un, de uno, chorizo de calidad extra-cutre, pasadísimo, mal cortado y acompañado de unas patatas fritas blanduchas y grasientas que salen muchísimo mejor en la foto de lo que parecían en realidad. Los 4,50€ que más me ha dolido pagar en muchos años.


Pero mi tortura no acabó aquí. Para no pecar de tonterías localistas, unos días después fuí invitado a comer en otra sidrería, esta vez de la capital, en la que, menos mal, no caería allí un turista ni de milagro dada su situación en la periferia. El motivo era que según dijeron, ponían un cachopo (tan de moda ahora) fantástico...

El "fantástico cachopo", 18€, fue un revoltijo de carne de calidad baja tirando a muy baja, un jamón saladísimo, un queso de vete tú a saber dónde y un rebozado bastísimo que se desprendía con solo mirarlo. Las patatas eran aún más horribles que las de la otra sidrería y mira que eso era difícil.
Eso sí, tamaño XL que parece ser lo que gusta a muchos de los comensales habituales.


También probé los escalopines al Cabrales, 13€, a los que se les puede aplicar los comentarios del cachopo, añadiendo que la ¿salsa? de ¿Cabrales? probablemente estuviera hecha con un queso cuya leche no estuvo nunca a menos de 50 kilómetros del conceyu cabraliego.

Todavía me estoy preguntado como este garito dobló casi todas las mesas y en algunas incluso triplicó. Tremendo.

   
 Lo malo de muchas sidrerías-garitos es que suelen ser los sitios  más frecuentados por los turistas, ya que si para ellos son algo “típico” se le añade que en muchos casos están en pleno centro de nuestras ciudades y pueblos, por lo que la impresión que se pueden llevar de nuestra gastronomía (aunque no prueben algo totalmente autóctono) es lamentable y evidentemente eso no ayuda a que vuelvan y más en tiempos como los actuales en los que la gastronomía ocupa un nivel destacado entre los motivos de los turistas para elegir una zona u otra.
  
Ya imagino a algún lector diciendo que por un mal sitio no se puede juzgar a todos y tendría toda la razón, pero mi experiencia de años pasados y por lo que me cuenta bastante gente en la actualidad, este tipo locales de tres al cuarto están mucho más extendidos en nuestra geografía de lo que nos gustaría y parte de la culpa es nuestra ya que está claro que si resisten es que tienen clientela todo el año lo que hace reflexionar sobre el nivel de exigencia  que tenemos en nuestra tierra con respecto a la gastronomía.

Pero eso sería motivo de otro post.

lunes, marzo 04, 2013

Este servicio es una ruina, por Toni


Andábamos dando un paseo por el barrio madrileño de Salamanca  con la intención de tomarnos un vino antes de cenar cuando nos encontramos a la puerta de un afamado restaurante abierto el pasado año y que por lo leído en la red está de moda en el ambiente gastronómico capitalino. Volviendo a recordar lo leído, al parecer en la zona de barra tenía una amplia referencia de vinos por copas y sumado esto al cuidado interiorismo y la humana curiosidad por un sitio de tanta actualidad, no dudamos un segundo en entrar.

Nada más traspasado el umbral de la puerta, nos sale al paso un camarero ya veterano, por edad, y directamente nos suelta:
 -¡¡¿Qué quieren?!!-con un tono de sargento chusquero en plena resaca de pacharán.

 Aquí, mi señora, que era la que evidentemente había entrado en primer lugar, estuvo rápida de reflejos y contestó:
 - Pues lo que se suele querer en estos sitios, tomar algo.
 - ¡Ah!, pues pasen por allí - dijo señalando hacia la barra.

Empezamos bien, pensé yo. Menos mal que de este sitio se cuenta que el servicio es de primera categoría, incluso con un maitre que es premio nacional de gastronomía. No parece que impartiera un curso sobre el servicio a alguno de sus subordinados.

Nos acodamos en la barra, muy "fashion" el ambiente y tal y tal, y le pregunto al camarero, esta vez muy joven:

 -¿Qué vinos por copas tienen?.
 - Ribera y Rioja.

¡Joer!, empezamos bien y seguimos mejor, pensé. Igual que en tantas vinaterías de tercera que tanto abundan últimamente. Espero que a Robert Parker no le hayan dicho lo mismo en su visita a este sitio. Solo faltaba que si le pregunto por los blancos me suelte que albariño y Rueda...

 -Bueno, ¿y en blancos?.
 -Rueda y albariño.

¡Vaya!, fallé en el orden, volví a pensar.

En este momento mi señora casi me tiene que dar una colleja para que mis ojos dejaran de estar en blanco.
Al final nos ponen un Rueda que prefiero no recordar, de esos que es un zumo de frutas tropicales y un Ribera del Duero, con una tapita de aceitunas.

Llega la hora de pagar y le digo a una camarera, también muy joven, que por favor me cobre. Hace la nota, la trae, y en vez de dejarla en la barra e irse a hacer otra cosa hasta que el cliente deje el dinero en la bandejita, allí se quedó a pie firme con los ojos fijos en nosotros y solo faltándole enseñarnos los dientes cual cancerbero guardian de las puertas del averno, hasta que deposité el dinero en la bandeja.

Encima, para acabar de rematar la jugada, nos cobró mal, ya que en vez del Rueda marcó un Rioja, Robatie, a 2,75€.

Y aunque no nos pasó a nosotros no pudimos dejar de observar el detalle que les pasó a una pareja extranjera que se sentó a una mesa alta justo detrás de donde estábamos, con el montaje de vajilla, cubiertos y copas para comer ya dispuesto, que nada más sentarse, otro camarero diferente lo primero que les pregunta es que qué querían beber. ¡Hombre!, que no estamos en la tasca de Paca, que si se sientan a la mesa se supone que es con intención de cenar. ¡Llévales primero la carta de platos!.

No sé, será que como dije en otros post, tenemos una especial puntería para dar con el día malo de muchos sitios, aunque también cabría pensar en cuantas horas diarias trabaja el personal y lo que cobran finalmente. El caso es que la impresión que se lleva el cliente es todo menos buena.

Y por si alguien se está preguntando de qué sitio estoy hablando, no tengo problema alguno en decirlo: Álbora.

jueves, septiembre 13, 2012

La cortedad de miras de algunos hosteleros (por Toni)


 La foto que abre el post la hice en un viaje a Portugal en el que visitando la población de Amarante me llamó poderosamente la atención el hecho de que varios restaurantes de la localidad tuvieran sus cartas y sus publicidades además de logicamente en portugués, en cualquier idioma menos en español.

Lo mismo vi en otras localidades como Viana do Castelo, Evora, Guarda y más, lo que me hace pensar en la poca visión de negocio y apertura de miras de esos hosteleros que obvian poner sus cartas y publicidades en la lengua de por lo menos el 80% de los turistas extranjeros que visitan sus ciudades que en los casos citados somos los españoles.

Y sí, también en este lado de la frontera he visto el mismo olvido del portugués en los restaurantes españoles. Inexplicable.





Pero lo que he visto los días que llevo de vacaciones en Cataluña me llama aún más la atención, porque pasa lo mismo y no en unos pocos restaurantes sino en muchos, muchísimos. Las fotos de cartas que adjunto son solo una pequeña parte de las que podría haber hecho.







Aquí en esta zona de Cataluña por la que me he movido estos días, el Garraf y Barcelona capital, en muchos restaurantes directamente no ponen la carta en castellano y he llegado a verla en unos cuantos idiomas acompañando la del catalán.




Desconozco si es obligatorio o no que los restaurantes tengan que ofrecer la carta en catalán y castellano al ser ambas lenguas oficiales en Cataluña pero independientemente de esta posible obligación, hay que ser muy pero que muy corto de miras para no ofrecer tu oferta en el idioma de muchísimos de los turistas de otras partes de España que visitamos sitios tan turísticos como pueden ser Vilanova i la Geltrú, Sitges y no digo ya Barcelona capital. Me da la impresión de que ser ultranacionalista del tipo que sea y llevarlo hasta sus últimas consecuencias, y tener un restaurante en unas zonas tan turísticas no parece pegar muy bien.



 A lo mejor a estos restaurantes les sobra la clientela autóctona y del norte de Europa, pero en varios de los ejemplos vistos no lo parecía precisamente y en cambio, restaurantes que estaban al lado y que si tenían la carta en castellano se acercaban al lleno.

Cada uno sabrá como lleva su negocio pero con estas actitudes no parece muy lógico que luego se quejen de falta de clientela como he leído en algún periódico local.

Ellos sabrán.




jueves, mayo 03, 2012

Restaurante Annua (San Vicente de la Barquera) Por Jorge Díez




Otra crónica pendiente, aunque nos vamos acercando en el tiempo. El pasado diciembre ofreció a primeros de mes un día apacible, muy agradable para viajar. Y aun con poco margen para hacer la reserva quería probar este sitio, que tenía recién estrenada su estrella Michelin (en buena medida animado por el post que publicó Fartones en su blog). Ningún problema: tendría una mesa esperándome.

El oriente de Asturias y Cantabria son zonas que conozco bien, muy transitadas por mí en su momento –ahora, menos- y por tanto es un camino que recorro de manera casi automática, sin reparar en detalles, pero sugiero a quien no lo conozca que lo paladee, que lo disfrute con detenimiento, porque es una región preciosa.

Una vez en San Vicente tienes que atravesar el pueblo hasta casi caerte al mar, y por fin allí está el restaurante, discreto, elegante, tranquilo. El aroma marino me gusta especialmente, así que ya entré de buen humor después de una buena inspiración fuera, mientras lo contemplaba.

Vi su terraza y no me extraña que hablen tan bien de ella. Para una sobremesa o una copa nocturna, si el tiempo acompaña, es estupenda. Pero yo iba concentrado en la comida y la bebida, en probar un menú que sobre el papel era atractivo, así que pasé a la sala; en realidad, a su ala lateral que es casi otra terraza cubierta. Las vistas por tanto son magníficas. A través de su pared de cristal ves la terraza exterior y el mismo mar Cantábrico que respiran los que están fuera. Es mi mar, es mi debilidad, tenéis que perdonarme; otros no pueden gustarme como este.

Esa sala está muy bien montada dentro de su sencillez, de su minimalismo. Pero es algo estudiado, lo interesante será lo que comas y lo que bebas, y si has de distraerte ahí fuera estará el mar y la vista se perderá buscando la costa y sus encantos. Amueblada con mesas grandes, tenía para mí solo mucho espacio para disfrutar, para desplegar lo necesario para un festín, como comprobaría enseguida. Os recomiendo una búsqueda en la red; hay fotos magníficas que dejarán mucho más claro esto que escribo.
Annua ofrece dos menús –denominados Gastronómico y Experience- que se ajustan a la fórmula de degustación, con platos creativos, personales. Escogí el más amplio, como de costumbre. 

Con los tres primeros bocados, que hacen de aperitivos, me sirvieron una copita de cerveza Inedit. Me gusta ese detalle de incluir porciones mínimas como inicio pero con trabajo de cocina, no productos de compromiso, para cubrir el expediente. En este caso fueron piedras de queso pasiego y polvo de trompetas, trampantojo de tomate y foie gras y mini oreo de setas y coliflor, todos muy bien presentados y sabrosos. La cosa empezaba bien.

La carta de vinos es buena, bien pensada, y una vez más se nota que Philippe Cesco defiende el champán con buen criterio desde su tienda de Santander. Es seña de identidad de varios locales de Cantabria. Yo escogí un Diebolt-Vallois de 1999 para este menú, con el que se entendió de maravilla. Muy marcadas las notas “de horno”, de pastelería; tostados suaves, frutos secos. Después aparecía la manzana y derivaba hacia manzana asada con el reposo. Ya sabéis, esos términos tan curiosos que nos gustan a los aficionados. Añado que es de los que tiende a lo vinoso, de los estructurados más que de los frescos. El carbónico estaba algo punzante para mi gusto pero en conjunto fue un gran vino. Os podéis saltar todo lo anterior y quedaros sólo con esto último: gran vino.
Esta casa trabaja mucho con ostras y ofrecía un entrante opcional con este producto pero yo preferí la anchoa, presentada con un cremoso de miel. Producto de primera.
El siguiente entrante era el salmón salvaje Aitor Senna, broma que se compone con el nombre de su creador en cocina y con una afición obvia (que también comparto). Os juro que figura así en la carta, que no me lo estoy inventando. Aquí, paradójicamente, empecé a valorar lo serio de sus propuestas. No se quedaban en la broma del nombre, no era una preparación menor aquel bocadillo “aerodinámico”, afilado –porque era un bocadillo, para consumir sin cubiertos- y de presencia agradable. No me gusta nada comer con las manos, así que la sugerencia en principio despertó en mí recelos. Sin embargo, además de buen producto y buena combinación de sabores con su aliño, el bocadillo estaba bien construido y se podía comer sin que a un patoso como yo le cayese nada. A base de detalles menores como este me daba cuenta de que todo estaba controlado, que no se hacían las cosas al azar.

La vieira a la parrilla con sopa de almendra tierna fue uno de los platos que más me gustó. Sencillo, como deduciréis del enunciado, pero riquísimo. Producto en condiciones y manipulación con buen oficio dan grandes resultados donde en ocasiones no los esperas. Muchas veces menos es más, menos alteraciones y adornos realzan el plato.
Volvemos a encontrarnos con otro plato sin cubiertos, el taco de langostino, que sirven acompañado de tequila reposado Herradura. Y otra vez superamos la prueba. Es lo que parece, un taco, por concepto y presentación, muy rico, que evoca México a través del sabor. Los que me conocéis sabéis que no me suelen gustar las intrusiones de cocinas lejanas en mi mesa pero este bocado funcionaba, me gustaba, me sedujo. La casa seguía ganando mi confianza.

Seguimos con el pulpo a la brasa con alioli de fresa y remolacha. Además de un buen pulpo en su punto de cocción, el alioli así rebajado, suavizado, estaba estupendo. El resultado cromático también me gustó mucho. Imaginaos el tentáculo con sus zonas tostadas sobre el fondo de crema rosácea clara y la remolacha liofilizada, que formaba unas escamas, unas virutas para dar un contrapunto crujiente al plato.
El rodaballo asado con algas y crispy de tinta también estuvo a gran altura. Otra vez buen producto, punto de cocción acertado y poco más. Se repetía el acierto –a mi entender- de despejar de maniobras extrañas la receta; elemento principal bien tratado y acompañamiento coherente diferenciado, nada más. Y nada menos, porque el resultado es muy bueno.

Pasamos a las carnes con un cochinillo con amanita cesárea y mango que era una delicia; carne tierna y cremosa, con un punto crujiente en la piel, bien avenida con las setas y contrastada con la acidez de la fruta.

Y llegamos al final del viaje salado con el lomito de corzo con tierra de trompetas, shimeji y frutas naranjas, en concreto, caqui y otra vez mango. Con otra fuerza, con una consistencia distinta al cochinillo, pero apuestan por parecida combinación, y también este plato convence.

Un primer postre eran las rocas de chocolate aireado con helado de coco. La propuesta era armónica pero flojeó un poquito en intensidad. Al helado de coco le faltaba algo de sabor y el chocolate… ¡era poco chocolate para mí! En serio, como soy un verdadero maníaco del cacao hubiera querido más densidad y más intensidad ahí, pero para alguien más flexible en este tema el postre cumplía bien su papel.

En cambio el segundo no tuvo ningún desfallecimiento sápido. El huerto, que así se llama, consiste en una crema que hace de base y va tapada con tierra de cacao, y sobre ella va una “zanahoria” de chocolate blanco, forrada con zumo de zanahoria y naranja gelatinizado. Al margen del juego visual el postre es sabroso y equilibrado entre la grasa del chocolate y la frescura y acidez del zumo en gelatina.

Como veis es una cocina con ambición de tener marca personal (platos con nombres especiales, fecha de creación en la carta, aunque todos son de 2011 salvo uno de 2010…) y también podríamos atribuirle rasgos de la llamada cocina tecnoemocional, vocablo que me gusta muy poco. Si esto acompañase a platos que no te dejan huella sería un envoltorio vacío, mucho ruido y pocas nueces, pero en este caso sí hay fruto, hay platos que te sorprenden, que te emocionan, que gustan. Hay producto reconocible, bueno y bien tratado. Hay buen servicio y todo lo necesario para disfrutar de una comida. Así que me gusta Annua aunque alguien pueda poner peros a su presentación, a las formas. A quien piense así le sugiero que lo pruebe y se centre en el contenido, porque vale la pena.


viernes, octubre 14, 2011

Luego se quejarán del descenso de clientela, por Toni


Granada es una ciudad con una enorme cantidad de bares. Muchos. Muchísimos. La anterior vez que estuve hace ya unos 13 años no recuerdo que hubiera tal cantidad pero esta vez quedé realmente sorprendido.
Tamaña cantidad haría que pensar que la competencia es feroz y los precios ajustados, pero nuestra experiencia de fin de semana nos dió la sorpresa inseperada de todo lo contrario.
Habría varios ejemplos por poner pero para no aburrir al lector solo comentaré los tres más llamativos.




En la Taberna La Abacería tomamos dos copas de Mencal 2010 un blanco de la tierra norte de Granada que como se puede ver en el enlace cuesta 7,50€ en tienda la botella y evidentemente menos en distribución y comprado por cajas. Pagamos a 3€ la copa. Eso sí, claro, acompañadas de una tapa de patatas al ali-oli.








La cosa fue "in crescendo" en Puerta del Carmen donde tomamos un José Pariente 2010 cobrado a la bonita cifra de 3,40€ cada uno, cuando la botella se puede conseguir por 7,75€ en la tienda. La tapa fue una mini brocheta de pollo...






Pero donde rizaron el rizo fue en Ermita. El precio del vino entra más en lo lógico si lo comparamos con los sablazos anteriores. Acompañado por una tapa de embutidos tomamos otro blanco granadino Calvente Pago Guindalera 2010 cobrado a 3,35€ cuando la botella se encuentra a 12,35€ en tienda, pero como se puede ver en la nota, rizaron el rizo. Parecido al Pura Cepa de Murcia el año pasado.

La copa de vino la marcan a 3,10€, a lo que le suman un 10% extra por estar en terraza y una vez sumado el incremento le añaden el IVA a todo. Con un par.


Como dice el título del post, luego se quejarán del descenso de clientela. Lo extraño es que con la que está cayendo aún la tengan, a no ser que la crisis no sea tan negra como la pinten o a los clientes que todavía tienen les sobre el dinero. Que cada uno saque sus propias conclusiones.

toni

miércoles, junio 22, 2011

yuu laik tomaito, ay laik tomatou


*

“¡tó perdío!, no pagan ni pa recogehhlo”, …..otra vez mi padre la cagó con los invernaderos, y eso que tenía más tomates que pepinos, ….y que eso fue después de la crisis del ladrillo, pero antes del 15M y de la crisis del pepino ehhpañó. Que no den ni pa recogerlo supone que pagan por debajo de 15 cts/kg, que es , miseria arriba o abajo, lo que cuesta pagar a unos braceros para que los vayan metiendo en cuneras de plástico (los más grandes arriba, los más esmirriados escondidos) y cargar una furgoneta destartalada , a la fuerza pequeña (para que no descarrile por unos carriles que solo llevan piedras sueltas, tierra suelta y malas hierbas) para llevarlos a la corrida de frutos donde por una módica cantidad te subastan los frutos a unos mayoristas que , por una módica cantidad, clasifican y envían a mayoristas locales o centrales de compras de cadenas, que luego , por un módico precio, lo distribuyen en las tiendas pequeñas o en los supermecados, que por un precio , la mayoría de las veces nada módico, nos lo venden a nosotros. Y no trato de demonizar a nadie, porque he tenido la mala suerte de haber estado en todas las fases de esa distribución. Quizás pensaréis, no sin parte de razón, que en mi familia a lo que tienen afición es a arruinar negocios, pero para mitigar en parte dicha impresión os diré que la crisis del pequeño comercio, que empezó ya hace veinte años, se ha llevado por delante cerca del noventa por ciento de ese comercio pequeño de alimentación, lo que ha arrastrado a su vez al noventa por cierto de los mayoristas que los distribuían. En los estertores finales de esa derrota, pensamos que quizás podríamos abrir nuestras fruterías , aunque en su momento, en mejores momentos, las habíamos vendido. Y es que una frutería tiene muchos gastos, que , repercutidos en kg de venta, suman un pico. Pasa además que un día traes una caja de manzanas y la has vendido en una mañana, y la siguiente pides cinco y acabas regalándolas para abono urbano. Por probar probamos también la televenta directa en relucientes bandejas de plorispán a precio (casi) de mayorista. Fue aún peor. Creo que , veinte años después, todavía quedan un par de palets. En definitiva, que entiendo que el que me vende la fruta no se está haciendo millonario, y que lleva acabo un trabajo duro y difícil. Pero lo que no termino de entender es que el precio de venta sea exactamente el mismo independientemente de me paguen 15 cts o 45 cts. Joer, macho , si me pagas poco, baja un poco el precio, que así a lo mejor a la gente le da más por el gazpachito, le coje afición, aumenta la demanda, aumenta el precio, y no tengo que quemar la cosecha, que después de verlos crecer desde que eran una semillita, regarlos día a día, trabajar de sol a sol con la calefacción encendida, combatir las plagas bíblicas (en especial la termida”cuchara”), y verlos después de tres meses rollizos y apetecibles, pues como que jode un poco .

En fin todo esto era para contaros que mi padre salva de la quema por lo general tres o cuatro cajas, y que algunos de esos tomates recorren mil y pico kms para acabar en mi mesa. Y aunque el terroir sea el de arena consumida, la semilla de variedades comerciales de multinacionales de las semillas, lleven abonos y pesticidas como el que más,….esos tomates están cojonudos. Mucho mejor que los que suelo encontrar en las tiendas. Alguna vez pensé que era por lo mismo de que nuestros propios pedos nunca nos huelen mal (porque los míos nunca huelen mal, lo que me recuerda el chiste ese de aquel que va al médico y le dice aquello: doctor doctor, tengo un problema y es que me tiro unos pedos estruendosos y recurrentes, aunque inodoros, el doctor le anima a que se tire uno, ¿es grave, doctor?.....,muy grave, hay que operar inmediatamente....la nariz) , pero ahora estoy convencido de que el enemigo principal no es químico ni habita en lejanas montañas (aunque el tomate marroquí tiene algo de culpa): es el puñetero frío. Y es que ahora los transportes son refrigerados, los almacenes son refrigerados , y hasta las tiendas tienden a meter lo que no venden en el día en cámaras frigoríficas. Y ese meteysaca de frío y calor, aparte de un coste benergético brutal, tiene un efecto devastador sobre el interior, el alma del tomate. Y como somos una sociedad superficial que solo se fija en las cosas más superficiales, pues da igual. Esto es lo que dicen los distribuidores para justificarlo, aunque entre ellos comenten que, gracias a ello, han conseguido, si no eliminar , sí convertir en un tumorcillo benigno lo que era un tumor ennegrecido y maligno, grande como una sandía, y que amenazaba con metastatizar y hundir con él el cuerpo de la empresa: la merma. En fin, que me gustaría que hicieseis esa cata comparada de esos tomates de alguna forma míos , que considero capaces de enfrentarse de igual a igual frente al más integrista de los tomates ecológicos. Pero ya no va a ser posible. Así que toca comprarlos a las paisaninas del mercado de Siero (los martes), que los bajan recién cosechados en sus coches,….siempre y cuando no tengan aire acondicionado.


os dejo el enlace del tomaito tomaatou de ella fitzllegarld y louis armstrong

* la foto la encontré en el internete y fue escogida por manifestar con precisa coherencia y profundidad el delicado espíritu del post.


sábado, junio 04, 2011

¿Sueñan los gastroandroides con cochinillos eléctricos? (Fabes ardiendo más allá de Orión) Por Jorge Díez


Año 13 después de la Gran Catástrofe. Desde que se ha vuelto a fumar en los bares, el humo, sumado al polvo radiactivo del exterior, vuelve nebuloso el ambiente y enmascara los olores haciéndolos uno solo, acre, rancio, sucio. Los alimentos naturales son privilegio de una minoría. Flora y fauna reales apenas quedan en la tierra; vegetales sintéticos y animales electrónicos, replicantes, ocupan su lugar. Las cocinas regeneran comida virtual, sexta gama, pastas neutras a las que añaden aromas y sabores según se necesiten. A todos los humanos que aún sirven como emprendedores los incentivan para irse a las colonias mientras aquí se quedan los precarios, los seres que no han encontrado su nicho a tiempo.

- ¡Alto! ¿Tiene su autorización para beber sidra?

- No la necesito. Ahí tienes mi placa. Ya no conocéis a los veteranos.

- De la Brigada Especial de Retiro, un cazador. Parece que hay problemas otra vez, ¿no?

- No es para tanto…

- Bueno, en esta sidrería los autorizados son siempre los mismos, no creo que haya ningún gastroandroide. Por lo menos en mi turno de guardia no he visto nada raro, aunque eso lo sabrá mejor usted. ¿Necesita…?

- No. No vengo en misión oficial, gracias.

La sidra todavía se elabora con subproductos vegetales y se consigue desinfectar con sulfuroso. Es la única bebida natural que el pueblo puede permitirse, pero se establecen cupos y pases para su consumo.

“Gastrillos, una mierda. Directivos de MS Cyborg es lo que deberíamos cazar. Ellos sí que comen y beben natural gracias a fabricar esos replicantes de mierda.”

La edición digital de Xintar publica algo sobre las últimas novedades de vinos 3.0 con reproducción casi perfecta de los aromas primarios, que era el aspecto más flojo en las versiones anteriores. También viene un artículo de I.K. Cipol sobre la Gran Inducción, sobre la experiencia de la sensualidad compartida, el multigusto que te permite percibir los sabores de las otras partes del mundo en tanto haya más devotos conectados en red que compartan su sabor parcial con los del resto.

“¿Qué tendrá que ver esto con lo que eran los viajes reales? Entonces sí daba gusto probar cosas de otros sitios. Me voy, ya tengo bastante por hoy.”

- ¿Agente especial J. Shurde? El Comisario quiere verle, es urgente.

- Seguro que puede esperar a mañana. Si no hemos acabado con el mundo de esta todavía aguantará un día más, creo.

- Lo siento. Mis instrucciones son acompañarle a la Central ahora.

- Ah, el deber… Vamos a ver qué es eso tan grave.

El Departamento de Seguridad ocupa el edificio que fue Escuela de Hostelería, después de que las cerrasen por innecesarias para la nueva manera de elaborar alimentos. Habrán sido las secuelas de la Gran Catástrofe, pero es un lugar siniestro, lúgubre; nada sugiere allí buen gusto.

- Shurde, pasa, pasa. Siéntate.

- Bueno, ya me han informado de que un deber inexcusable me reclama, parece ser.

- Pronto verás que no es ninguna broma. Mira si mi ayudante se ha ido y cierra la puerta, que no nos interrumpan. Tengo algo que te gustará (... ) Sí, es auténtico, es un Borgoña.

- De lo mejor de Chassagne-Montrachet, hasta que la región fue destruida, claro. Casi me cuesta recordar la Chardonnay. Privilegios del cargo, ¿verdad?

- Vamos, disfrútalo y relájate. No te he llamado para hablar de vinos.

- Bien, ¿entonces?

- Tenemos informes sobre algo realmente grave. MS Cyborg ya ha lanzado sus últimos productos, por supuesto, sin reconocimiento público. Échale un vistazo al dossier mientras reviso los blogs de los pocos resistentes que quedan interesados en esto.

La información parecía segura. Si era así, la séptima gama era una realidad. Los trabajos de MS Cyborg en el campo de las nanopartículas y en los dispositivos portátiles de comunicación habían llegado al sueño de la hostelería industrial. Cualquier comida neutra permitía incorporar esta tecnología y leería las reacciones del consumidor, corrigiendo de inmediato los estímulos no deseados y transformándolos en lo que espera quien está comiendo o bebiendo. Podían llevar varios perfiles de aroma y sabor alternativos ya incorporados o ser manejados a voluntad por una tercera persona. Además, la última generación de gastroandroides posiblemente ya tenía a sus primeros especímenes liberados entre la población. Después de la Gran Catástrofe desarrollaron esos mutantes para mitigar el descontento de la gente. Tenían la capacidad de valorar comidas y bebidas y elaborar un discurso en torno a ellas para manipular la opinión general, para sustituir la falta de memoria y de referencias gastronómicas reales por esta ficción, de manera que la gente creyese percibir lo que los replicantes dictaban y aceptase la supuesta calidad de lo que en el fondo no eran más que desperdicios y productos artificiales.

- Como puedes ver, es muy grave. Con eso de nada sirve ya la escasa capacidad que nos quede de distinguir un sabor o un aroma. Cuando notes un plato soso, el sistema detectará tu reacción y de inmediato te mandará un estímulo salado para compensarlo. Se acabó; no podrás valorar de verdad nada cocinado o embotellado, no podrás criticar ningún mal plato o ninguna mala bebida. El cocinero o el bodeguero podrán manipular tus respuestas para darte una ficción acorde con lo que te gusta y podrán corregir sobre la marcha los aspectos que vayas a rechazar.

- ¿Sabemos si funciona?

- Bueno, al igual que con los replicantes, tenemos algunos test que pueden detectar esos sistemas pero no estamos seguros de que funcionen con esta séptima gama.

- ¿Y qué es lo que debo hacer yo?

- En principio quiero que hables con la dirección de MS Cyborg y que trates de buscar su colaboración amistosa, además de obtener toda la información posible sobre esto.

- Bien, mañana iré por allí y procuraré conseguir algo.

- Espera. Esa es la parte fácil de la misión; para eso me serviría cualquiera. Lo que de verdad me preocupa es la serie X, la nueva generación de gastroandroides. Estos nuevos replicantes parecen ser capaces de distinguir y evaluar productos naturales, incluso, y llevan un archivo de recuerdos virtuales mucho más completo, con casi todos los sabores y aromas que manejábamos antes de la Gran Catástrofe. Combinándolo con la nueva tecnología alimentaria podrían manipular a su antojo la respuesta de la gente ante cualquier producto, crearían tendencias a favor de lo que los clientes de MS Cyborg quieran vendernos. Y para eso cuento con tu paladar, para desenmascarar a esos mutantes y saber si nuestros sistemas de detección sirven ante esta nueva serie.

- Confía en mí. Tuve la oportunidad de curtirme bastante antes de aquello y no creo que esos gastrillos me engañen por sofisticados que los hagan ahora. Seguro que algo se les escapa.

- Shurde, hay algo más…

- Qué más.

- Los informes en este caso no son tan precisos pero uno de los gastroandroides podría haberse infiltrado en la cocina del Orión. Sé lo que significa para ti…

“El Orión, el último restaurante de alta cocina que sobrevivía, mi preferido para cualquier celebración. Todavía ahora, con las bonificaciones por cada gastroandroide que elimino, suelo ir allí a comer los escasos productos naturales que le llegan. Los menús los combinan con algo de sexta gama, claro, pero aún puedes comer a veces pollos reales, cochinillos, tomates, algún pescado…”

- Bien. En cuanto tenga resultados en MS Cyborg iré hasta el Orión y hablaré con el cocinero, con J. A. Oldfield en persona. Veré qué es lo que pasa.

- Confío en ti, Shurde. Llévate la copia de todo lo que tenemos sobre el caso y ponte en marcha enseguida.

La visita a MS Cyborg fue improductiva, como era de esperar. Negaron que sus nuevos productos pudieran afectar de tal manera a la opinión de la gente. Se mantuvieron en su discurso habitual, que lo que hacen es únicamente orientar, como la antigua crítica gastronómica. Que ayudan a sus clientes a proveer al consumidor de los productos que más le gustan. Que sólo buscan contribuir un poco a la felicidad en momentos difíciles y que respetan las reglas del mercado, que nunca manipularían de ese modo a las personas. Apenas nada que no estuviese en su web, nada que se saliese de su propaganda conocida. Sin embargo, la conversación con el nuevo responsable de comunicación de la sección de tecnologías de uso gastronómico, S. Solaris, fue más interesante. No tuvo reparo en hablar conmigo de muchos productos nobles, hoy casi inexistentes. Mientras me ofrecía café –auténtico, no un sucedáneo, y de buena calidad- charlamos sobre vinos de Burdeos o sobre viejos Riesling, sobre Comté bien maduro o sobre Gamonéu, sobre sidras de hielo canadienses… Desde luego yo no había ido a su empresa a sostener con el Sr. Solaris una tertulia. Tenía indicios para sospechar que Solaris era un gastrillo serie X. Era mi primera pista.

El trabajo de campo, patear la calle sucia, hostil, dio más frutos. En las siguientes dos semanas probé nuestros protocolos de detección más avanzados y vi que, con un manejo experto, eran eficaces para descubrir preparaciones de séptima gama.

- Me tranquilizan tus resultados, Shurde. Aún podemos detectar los fraudes como hasta ahora.

- Vamos, comisario, tengo la lengua quemada por tanta bazofia pero por lo menos no me engañan.

- Bien, sigue en la calle con lo que tenemos sobre los replicantes. Todo indica que han puesto cinco en circulación. A mí me queda lidiar con los políticos. Ahora también se ha implicado en esto la Sociedad de Gestión DAPOLCUL (Derechos de autor, propiedad, organización y logística culinaria). Quieren utilizar la tecnología de MS Cyborg para detectar de dónde saca cada cual la idea de sus recetas y así cobrar el canon correspondiente según quién sea el titular que la haya registrado primero.

Empezaron unos días agitados. En las redes sociales se produjo una gran polémica entre I.K. Cipol y M-Boa, antiguos críticos que ahora hacían proselitismo de la Gran Inducción, casi convertida en un culto, y un par de restauradores que agitaban en el canal Intergastronomía una tertulia ruidosa, plagada de descalificaciones y de especulación, que negaba todo valor a esa experiencia sensorial compartida y que defendía la comida regenerada y la sexta gama como lo más popular, lo que de verdad quería consumir la gente. Al margen de todo ese jaleo yo seguí con mi trabajo con buenos resultados. En La Tasquita y en LaVid pude neutralizar a dos de los replicantes infiltrados entre la clientela. Es verdad que conseguían confundir, que se manejaban bien entre vinos y que ganaban la confianza de los demás, pero acabé encontrando la forma de descubrirlos. Y por azar cacé al tercero. Pasé por Casa Txus a reservar mesa para celebrar mis capturas. (Casa Txus era otro resistente, otro local entrañable donde a veces las bonificaciones por estos servicios especiales me permitían comer algo real, con sabores naturales. Todos hacíamos la vista gorda ante aquellos huevos, que seguramente serían de una gallina criada en casa sin autorización ni número de registro.) Mientras anotaban mi reserva me fijé en aquel comercial que ofrecía sus productos sin apenas manejar catálogos ni formularios estandarizados…Otro más; sólo me faltan dos.

Los trenes de alta velocidad habían llegado a pequeñas localidades siempre que fueran destinos turísticos. Por fin se había terminado también la autopista oriental. Todo inútil ahora que la gente no salía de casa, ahora que los precios de los billetes o del combustible no estaban al alcance de casi nadie, ahora que las autoridades desaconsejaban permanecer en el exterior más de dos horas por la contaminación.

Con el pase oficial firmado por el Comisario llegué en el Alta Velocidad y fui directo al Orión, a hablar con Olfield.

- Me alegra verte por aquí. No has llamado como otras veces, aunque ya sabes que ahora siempre hay mesas libres…

- No vengo a comer, es una visita oficial.

- ¿Y eso? Sabes que pago las tasas convenidas y que tengo el papeleo en manos de un gestor. Supongo que todo está bien. No iréis a meteros ahora con lo poco bueno que nos queda. Si me preguntas por la Declaración Homologada de Trazabilidad…

- Lo mío no son esos asuntos, yo busco gente, o algo parecido, más bien. ¿Tienes personal nuevo en cocina?

- Sí. Ha empezado una chica, la Srta. Garse. Es muy buena, muy intuitiva con los platos que desarrollamos y muy dotada para los sabores que ahora escasean.

- Tengo que hablar con ella, en privado. Olfield, esto es serio: puede ser una gastroandroide.

- ¿En mi casa? ¡Esto no me puede estar pasando!

- Venga, tranquilízate. Llámala y confía en mí.

Esa primera entrevista con la Srta. Garse fue compleja. De entrada, su innegable atractivo te distraía. Tenía un no sé qué turbador en la mirada, en sus gestos. Sin duda conocía su oficio, un oficio en realidad casi en extinción, extraño para alguien tan joven. Era buena conversadora y sabía de qué hablaba, lo bastante para hacerme dudar. Todavía antes de irme me llamó la atención un detalle en el libro de reservas: S. Solaris había comido en el Orión el día anterior. Pregunté por ello a Oldfield y a la propia Garse y lo que me contaron sólo incrementó mis sospechas sobre Solaris. Tenía que ser el cuarto de esos gastrillos. Informaría de ello al Comisario.

- Según lo que has indagado, Solaris es otro de los que buscamos. Han sido ingeniosos infiltrándolo como empleado de la propia empresa pero también arriesgados. Sería peligroso cuando sea cazado que se sepa dónde estaba.

- Comisario, buscará la manera de que nos enfrentemos lejos, no en la ciudad ni en la sede de la empresa.

- ¿Y lo del Orión? ¿Qué opinas de Garse, es también replicante?

Dudé, dudé mucho antes de contestarle nada. No sabía bien qué decirle porque no sabía bien qué quería decirle y qué quería ocultar.

- No estoy seguro… Verás, ¿y si hubiese llegado un punto en que no pudiéramos diferenciarnos?

- Vamos, mi mejor agente de campo no puede estar diciéndome esto.

- No, me refiero a que sea de verdad imposible trazar esa línea de separación. Cuando detectamos a esos gastroandroides son nuestros informes los que justifican que lo eran y avalan su eliminación…

- Su retiro, Shurde.

- Sin rodeos, comisario, yo salgo a cazarlos, no a traerlos de muestra. Pero sigo con lo que estábamos hablando. Igual que ellos tienen memorias virtuales de sabores que ya no existen ¿no puede ser la nuestra también falsa? La información recibida pudo ser manipulada, consumimos productos de origen desconocido… ¿cómo saber que era verdad lo que nos decían? Incluso voy más lejos. Ese pescado natural que sabemos que nos sirven en ciertos sitios es real pero puede que el propio bicho ya venga manipulado, alterado de algún modo antes de capturarlo.

- Venga, Shurde, quizá necesites descansar…

- No, no es eso, comisario.

La información que llegó a la Central los días siguientes era especialmente preocupante para el Comisario y para el agente J. Shurde. En el Orión, de pronto la gente empezaba a rechazar los platos de producto natural, a encontrarles defectos. Sólo alababan los platos menores del menú, los regenerados y manipulados con tecnología nueva. Un rastreo específico captó una señal desde un punto cercano al restaurante que establecía comunicación con terminales dentro del mismo. Sin duda, alguien en la cocina añadía algo en los platos nobles y alguien desde fuera los manipulaba para provocar la reacción negativa.

Con el coche del Departamento me acerqué hasta allí. Junto al Orión, en El Observatorio, pedí una sidra y hablé con varios camareros. Me confirmaron lo que esperaba: habían visto a Solaris y a Garse juntos; incluso Solaris había preguntado por mí. Este era el final de la partida. La señal rastreada me llevó a una nave a las afueras, junto al río: la fábrica abandonada de Turrones Calvo. Allí sólo quedaba un portátil destrozado –difícil recuperar información- y habían visto marchar la moto de S. Solaris hacia el este. Le seguí hasta los acantilados, al lado mismo de los bufones. Cuando lo alcancé forcejeamos y me derribó. Tuvo en su mano despeñarme allí mismo pero no lo hizo.

- ¿Por qué haces esto?

- Para que lo recuerdes, para que la memoria pueda seguir después de que nosotros pasemos, cuando ya no estemos aquí.

- Uno de los dos estará, o tú o yo.

- Yo no podría. Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. He visto cocciones infinitamente lentas en Girona…

Hizo una pausa, le costaba hablar pero en ese momento se encendió como presa de una vieja pasión, como si su infancia no fuera un recuerdo virtual implantado.

- Qué coño, yo vi servir platos de fabes ardiendo más allá del Orión

Y otra vez fatigado, abatido, continuó hablando.

- Todos esos momentos se perderán en el tiempo como una lágrima en el caldo. Es hora de morir.

(…)

El informe del agente Shurde recogía la muerte de S. Solaris sin demasiados detalles. Por otra parte, respecto a la gastroandroide identificada como Francisca Garse los datos aportados llevaban a calificarla oficialmente como desaparecida.

- Tuvo que ser una pelea dura pero pudiste con él al final.

- Bueno, sabes que los programan con una vida corta. Crean un par de tendencias y terminan su ciclo.

- ¿Y la Srta. Garse? ¿Estás seguro de que no se oculta en alguna parte?

- Comisario, como te digo, imagino que su trabajo terminó con esa colaboración con Solaris. Hemos de suponer que murió y el cuerpo lo habrá arrastrado el río, quizá.

(…)

- Hola, buenos días. Tengo una reserva para dos personas, a nombre de J. Shurde.

- Hombre, Shurde, me alegra verte por aquí.

- Buenos días, Oldfield. Vengo a disfrutar, que me he ganado un descanso después de todo eso de los replicantes.

- ¿Menú largo? ¿Tu acompañante también…?

- Sí, dos menús como tú sabes. ¿Tenemos salmón del río?

- Claro, en esta fecha siempre lo busco. Un sabor así se encuentra pocas veces.

- Tranquilo, todo nos sabrá bien, sin duda.

- Por cierto, como se parece ella a…

- Sí, ya ves, casualidad. Se llama Rachel. Y le gusta mucho este mundillo de la gastronomía, por cierto.