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jueves, agosto 16, 2018

Boga-Boga (San Vicente de la Barquera, Cantabria)



En un 15 de agosto de excursión por el oriente de Asturias y occidente de Cantabira como supusimos que estarían todos los sitios a rebosar de gente, como así fue, habíamos reservado con antelación en uno de los clásicos restaurantes cántabros con décadas de historia a sus espaldas, el Boga-Boga, situado en pleno centro de San Vicente de la Barquera.

Como se puede ver, decoración clásica a más no poder en el comedor y clasicismo también en los fogones.
 



Como aperitivo de la casa nos pusieron unos fantásticos tomates de la zona aunque el camarero no supo decirnos de qué lugar eran exactamente. Buenos, buenos.






Como nos imaginábamos que las raciones iban a ser contundentes, y no nos equivocamos en los principales, solo pedimos de entrada unas rabas de calamar fresco. 16,20€. Aquí la ración desmintió nuestras imaginaciones ya que no era una cantidad como para empacharse precisamente y se pasaron algo con la sal pero no estaban mal.




Para los platos principales tomamos pescado evidentemente. Yo pedí rodaballo a la menier, 23€, pero en realidad me trajeron un rodaballo a la plancha, como así ponía la nota, sin rastro de la salsa. ¿¿¿??? En este caso la ración sí que era como a priori nos imaginábamos y el rodaballo... bien. No sé si será que estoy más acostumbrado a comer los pescados al horno pero no acaban de convencerme las preparaciones a la plancha en el 95% de los sitios. Esta no fue una excepción.



Otro pescado fue el rape a la plancha, 24€. Lo menos conseguido de la comida. Como digo en otras ocasiones, como diletante reconocido no diría que no era rape negro taxativamente pero me hace pensar que era blanco ya que soltó bastante agua en el plato y estaba algo chiclosa su textura. Mejorable.






Probablemente lo mejor de la comida fue la ventresca de bonito, 18€, jugosa y de intenso sabor. Aquí sí le cogieron bien el punto.






Esta vez no comimos postre y tampoco tomamos vino que había que conducir. La carta de vinos en la línea de lo demás, muy clásica.

El agua, 1l, 2,90€ y el pan 1,20 c/u.

Buen personal de servicio, con pinta de tener muchas horas de sala en sus pies.

La página web la tienen en remodelación por lo que no hay forma de consultar nada.

En esta onda tradicional y de producto hace poco que volví al Guernica de Luanco y sí, es más caro que el Boga-Boga, pero me gusta más en todos los sentidos. 
Estando fuera de casa evidentemente tienes que comer en algún sitio pero siendo sincero, no estoy diciendo que sea un mal restaurante en absoluto pero si estuviera en mi ciudad dudo que lo volviera a visitar.


Boga-Boga

Plaza Mayora del Fuero, 10   San Vicente de la Barquera (Cantabria)
942 710 150
  

viernes, mayo 12, 2017

Cañadío (Santander)



 
La segunda noche de nuestro fin de semana en Santander poco nos y de prueba obligatoria. Magnífica.ovimos con respecto a la primera ya que Cañadío está a poco más de 100 metros de la Bodega Cigaleña 





 
Al entrar en el comedor reconocimos el local y nos acordamos de que ya habíamos estado allí hace
casi 20 años y curiosamente de aquella cenamos un sábado solos, todo lo contrario a esta vez en la que el lleno era absoluto.
 


 
Después de pedir la comanda nos pusieron un aperitivo de la casa consistente en un salmorejo con lascas de atún, muy rico y perfecto para la calurosa, para ser abril, noche santanderina.




Como esta vez sí teníamos intención de tomar postre, de entrante solo pedimos las anchoas de Santoña, 15,50€.  Realmente notable su calidad, pero la cantidad para lo cobrado se antoja escasa…




 
Para los platos principales pedimos los pescados del día y le dimos al chef la libertad a la hora de prepararlos. El  lenguado, 24€, bien de cantidad y perfecto de punto y jugosidad. Nada novedoso y ni falta que le hacía.



 
Lo mismo se puede decir de la lubina, 24€. En este caso tal vez algo escasa en cantidad pero con las mismas virtudes que el lenguado. Muy bien ambos.




 
Habíamos leído que la tarta de queso, 7,50€, en esta casa era magnífica. Doy fe. De las mejores que 
recuerdo junto con la del restaurante El Seto de Motilla del Palancar.




Si  de Motilla del Palancar  de Motilla del Palancar llegamos a saber que la tarta de queso venía acompañada de una bola de helado de queso no hubiésemos pedido también el helado de queso de Liébana. 7,50€. Y no porque no estuviera muy bueno, que lo estaba, sino porque pidiendo la tarta pruebas ambas cosas.




La carta de vinos, bastante bien en tintos y muy escasa en blancos, típico fallo de tantos restaurantes. Tomamos un De Ladoucette 2013, Pouilly-Fumé, 38,50€.

El pan, de varios tipos, 2€ p/p, muy bueno y sin racanearlo. Servicio joven pero bien adiestrado y mención especial a la cocina que sacó los platos rapidísimo y más teniendo en cuenta el llenazo del comedor.




La página web, como tantas otras de restaurantes, carece de lo más importante que son las cartas. Detalle a revisar.

Otra buena velada en un restaurante santanderino, con cocina reconocible, sabrosa y placentera. Eso sí, tal vez deberían revisar algunas raciones muy parcas y mejorar la carta de vinos.De todas formas, recomendado.


Cañadío

Gómez Oreña, 15, 39003 Santander
942 31 41 49  www,restaurantecanadio.com


viernes, abril 28, 2017

Bodega Cigaleña (Santander)




Poco necesario es que haga una introducción de la Bodega Cigaleña. Seguro que el lector conoce este auténtico templo y museo del vino en el centro de Santander, visita ineludible del aficionado a este mundillo.

 
Las dos noches que pasé en la ciudad en ambas nos acercamos hasta allí y en una de ellas cenamos. Da gusto poder tomarse por copas vinos poco habituales como los blancos de Jerez, Saboya, Borgoña y Rioja que probamos en su barra.




 En cambio, por lo observado durante los 90 minutos en total que aproximadamente pasamos en la
barra durante las dos noches, por lo menos el 90% de la clientela lo que pidió fue un Rioja crianza o un verdejo. Así, genéricamente. A lo peor fue casualidad pero hace reflexionar sobre que el gran público en general está a otra cosa y no precisamente muy interesado en probar vinos distintos de lo “habitual”.


 
El comedor, al igual que todo el local, es como un museo y estar allí es todo un contraste con esos tan habituales comedores minimalistas que tanto se llevan en otros restaurantes. Eso sí, las sillas son bastante incómodas y creo que merecen una renovación.



 

Una vez ojeada la carta pedimos solo una entrada y estando en Santander no nos pudimos resistir a que fueran unas rabas, 14€, impecables.



 
Como platos principales probamos la carne y el pescado. La carne fue una pintada de Bresse, 18€, estofada y perfecta en todos los sentidos y acompañada de unas excelentes verduras.




 
El pescado fue mero, 25€, si no recuerdo mal hecho a la brasa, excelente en jugosidad y punto. Un
pero, que tal vez la ración era un poco escasa. También venía con las verduras.



No tomamos postre y el pan, de buena calidad, 1,80€ p/p.
  
Qué decir de la carta de vinos… No es que sea enciclopédica, ni falta que hace, pero tiene una gran variedad para que el aficionado se entretenga un buen rato en elegir. Nosotros tomamos un Schloss Gobelsburg Lamm Grüner Veltliner 2004, Kamptal, 44€.  La única pega fue que la temperatura de servicio fue más alta de lo debido a pesar que nos dijeron que estaba sacado de la cava.

El personal de servicio competente y con pinta de llevar muchos kilómetros de sala en sus piernas.  Fue una pena que no estuviera Andrés Conde Laya y no tener la oportunidad de conocerle, pero las vacaciones son algo sagrado.



Buena página web aunque le falta colgar las cartas.

Como dije al principio, el aficionado y amante del vino tiene una cita obligada si va por Santander, y en cuestión gastronómica, aunque hayamos probado poca cosa parece también que es un sitio de total confianza. Para nosotros será un fijo en futuras visitas a la ciudad.


Bodega Cigaleña

Daoiz y Velarde, 19, 39003 Santander
942 21 30 62    www.cigalena.com

jueves, mayo 03, 2012

Restaurante Annua (San Vicente de la Barquera) Por Jorge Díez




Otra crónica pendiente, aunque nos vamos acercando en el tiempo. El pasado diciembre ofreció a primeros de mes un día apacible, muy agradable para viajar. Y aun con poco margen para hacer la reserva quería probar este sitio, que tenía recién estrenada su estrella Michelin (en buena medida animado por el post que publicó Fartones en su blog). Ningún problema: tendría una mesa esperándome.

El oriente de Asturias y Cantabria son zonas que conozco bien, muy transitadas por mí en su momento –ahora, menos- y por tanto es un camino que recorro de manera casi automática, sin reparar en detalles, pero sugiero a quien no lo conozca que lo paladee, que lo disfrute con detenimiento, porque es una región preciosa.

Una vez en San Vicente tienes que atravesar el pueblo hasta casi caerte al mar, y por fin allí está el restaurante, discreto, elegante, tranquilo. El aroma marino me gusta especialmente, así que ya entré de buen humor después de una buena inspiración fuera, mientras lo contemplaba.

Vi su terraza y no me extraña que hablen tan bien de ella. Para una sobremesa o una copa nocturna, si el tiempo acompaña, es estupenda. Pero yo iba concentrado en la comida y la bebida, en probar un menú que sobre el papel era atractivo, así que pasé a la sala; en realidad, a su ala lateral que es casi otra terraza cubierta. Las vistas por tanto son magníficas. A través de su pared de cristal ves la terraza exterior y el mismo mar Cantábrico que respiran los que están fuera. Es mi mar, es mi debilidad, tenéis que perdonarme; otros no pueden gustarme como este.

Esa sala está muy bien montada dentro de su sencillez, de su minimalismo. Pero es algo estudiado, lo interesante será lo que comas y lo que bebas, y si has de distraerte ahí fuera estará el mar y la vista se perderá buscando la costa y sus encantos. Amueblada con mesas grandes, tenía para mí solo mucho espacio para disfrutar, para desplegar lo necesario para un festín, como comprobaría enseguida. Os recomiendo una búsqueda en la red; hay fotos magníficas que dejarán mucho más claro esto que escribo.
Annua ofrece dos menús –denominados Gastronómico y Experience- que se ajustan a la fórmula de degustación, con platos creativos, personales. Escogí el más amplio, como de costumbre. 

Con los tres primeros bocados, que hacen de aperitivos, me sirvieron una copita de cerveza Inedit. Me gusta ese detalle de incluir porciones mínimas como inicio pero con trabajo de cocina, no productos de compromiso, para cubrir el expediente. En este caso fueron piedras de queso pasiego y polvo de trompetas, trampantojo de tomate y foie gras y mini oreo de setas y coliflor, todos muy bien presentados y sabrosos. La cosa empezaba bien.

La carta de vinos es buena, bien pensada, y una vez más se nota que Philippe Cesco defiende el champán con buen criterio desde su tienda de Santander. Es seña de identidad de varios locales de Cantabria. Yo escogí un Diebolt-Vallois de 1999 para este menú, con el que se entendió de maravilla. Muy marcadas las notas “de horno”, de pastelería; tostados suaves, frutos secos. Después aparecía la manzana y derivaba hacia manzana asada con el reposo. Ya sabéis, esos términos tan curiosos que nos gustan a los aficionados. Añado que es de los que tiende a lo vinoso, de los estructurados más que de los frescos. El carbónico estaba algo punzante para mi gusto pero en conjunto fue un gran vino. Os podéis saltar todo lo anterior y quedaros sólo con esto último: gran vino.
Esta casa trabaja mucho con ostras y ofrecía un entrante opcional con este producto pero yo preferí la anchoa, presentada con un cremoso de miel. Producto de primera.
El siguiente entrante era el salmón salvaje Aitor Senna, broma que se compone con el nombre de su creador en cocina y con una afición obvia (que también comparto). Os juro que figura así en la carta, que no me lo estoy inventando. Aquí, paradójicamente, empecé a valorar lo serio de sus propuestas. No se quedaban en la broma del nombre, no era una preparación menor aquel bocadillo “aerodinámico”, afilado –porque era un bocadillo, para consumir sin cubiertos- y de presencia agradable. No me gusta nada comer con las manos, así que la sugerencia en principio despertó en mí recelos. Sin embargo, además de buen producto y buena combinación de sabores con su aliño, el bocadillo estaba bien construido y se podía comer sin que a un patoso como yo le cayese nada. A base de detalles menores como este me daba cuenta de que todo estaba controlado, que no se hacían las cosas al azar.

La vieira a la parrilla con sopa de almendra tierna fue uno de los platos que más me gustó. Sencillo, como deduciréis del enunciado, pero riquísimo. Producto en condiciones y manipulación con buen oficio dan grandes resultados donde en ocasiones no los esperas. Muchas veces menos es más, menos alteraciones y adornos realzan el plato.
Volvemos a encontrarnos con otro plato sin cubiertos, el taco de langostino, que sirven acompañado de tequila reposado Herradura. Y otra vez superamos la prueba. Es lo que parece, un taco, por concepto y presentación, muy rico, que evoca México a través del sabor. Los que me conocéis sabéis que no me suelen gustar las intrusiones de cocinas lejanas en mi mesa pero este bocado funcionaba, me gustaba, me sedujo. La casa seguía ganando mi confianza.

Seguimos con el pulpo a la brasa con alioli de fresa y remolacha. Además de un buen pulpo en su punto de cocción, el alioli así rebajado, suavizado, estaba estupendo. El resultado cromático también me gustó mucho. Imaginaos el tentáculo con sus zonas tostadas sobre el fondo de crema rosácea clara y la remolacha liofilizada, que formaba unas escamas, unas virutas para dar un contrapunto crujiente al plato.
El rodaballo asado con algas y crispy de tinta también estuvo a gran altura. Otra vez buen producto, punto de cocción acertado y poco más. Se repetía el acierto –a mi entender- de despejar de maniobras extrañas la receta; elemento principal bien tratado y acompañamiento coherente diferenciado, nada más. Y nada menos, porque el resultado es muy bueno.

Pasamos a las carnes con un cochinillo con amanita cesárea y mango que era una delicia; carne tierna y cremosa, con un punto crujiente en la piel, bien avenida con las setas y contrastada con la acidez de la fruta.

Y llegamos al final del viaje salado con el lomito de corzo con tierra de trompetas, shimeji y frutas naranjas, en concreto, caqui y otra vez mango. Con otra fuerza, con una consistencia distinta al cochinillo, pero apuestan por parecida combinación, y también este plato convence.

Un primer postre eran las rocas de chocolate aireado con helado de coco. La propuesta era armónica pero flojeó un poquito en intensidad. Al helado de coco le faltaba algo de sabor y el chocolate… ¡era poco chocolate para mí! En serio, como soy un verdadero maníaco del cacao hubiera querido más densidad y más intensidad ahí, pero para alguien más flexible en este tema el postre cumplía bien su papel.

En cambio el segundo no tuvo ningún desfallecimiento sápido. El huerto, que así se llama, consiste en una crema que hace de base y va tapada con tierra de cacao, y sobre ella va una “zanahoria” de chocolate blanco, forrada con zumo de zanahoria y naranja gelatinizado. Al margen del juego visual el postre es sabroso y equilibrado entre la grasa del chocolate y la frescura y acidez del zumo en gelatina.

Como veis es una cocina con ambición de tener marca personal (platos con nombres especiales, fecha de creación en la carta, aunque todos son de 2011 salvo uno de 2010…) y también podríamos atribuirle rasgos de la llamada cocina tecnoemocional, vocablo que me gusta muy poco. Si esto acompañase a platos que no te dejan huella sería un envoltorio vacío, mucho ruido y pocas nueces, pero en este caso sí hay fruto, hay platos que te sorprenden, que te emocionan, que gustan. Hay producto reconocible, bueno y bien tratado. Hay buen servicio y todo lo necesario para disfrutar de una comida. Así que me gusta Annua aunque alguien pueda poner peros a su presentación, a las formas. A quien piense así le sugiero que lo pruebe y se centre en el contenido, porque vale la pena.


jueves, julio 08, 2010

La Cigaleña Reloaded




Cuando salimos de allí, sabiéndonos unos privilegiados, nos dijimos que no lo contaríamos. Egoístas y un poco absurdos , porque tampoco es que el mundo esté lleno de gente dispuesta a hacerse 300 kms por tomarse unos vinos de Saboya . Y los que hubiere conocen de sobra el paño. “Esta vez fue la mejor”, dijo alguien, aunque yo piense que la mejor es siempre la última vez. Y eso que íbamos con los ánimos gachos, ateridos por estas tempestades de la crisis, que empiezan a calar. Quizás también con un poco de mala conciencia. Pero todo lo dejamos abajo. Se nos olvidó según fuimos escalando las escaleras que nos conducían al reservado , felices de poder cumplir esta feliz rutina.

La Cigaleña, ya lo sabréis, se anuncia, entre azulejos pintados y enrejados de hierro negro, , como Bodega y Museo del Vino . A uno lo que le parece es, sobre todo, un Mesón que ayuda a reforzar la impresión que tiene uno de que Cantabria es Castilla mirando el mar. Empieza el local con un largo pasillo con el techo empedrado de vinos que duermen el sueño de los justos. En los laterales, armarios desportillados por los años, llenos de Riojas que ya no se harán nunca. Al final está la barra, no muy grande, y otro armario donde descansan los más refinados y caros linajes franceses. Un aparador de doble uso le da amplitud y sirve también de frontera con un comedor abigarrado. Un expositor frigorífico sirve de muestra de lo que allí se cocina. Y de allí , entre la barra y el expositor, salen las escaleras que suben al reservado que nos reserva tantos buenos momentos.

Vive La Cigaleña , como todo negocio, de intentar agradar al abanico más amplio de público. Pero si se ha convertido en un lugar de peregrinaje, ha sido por la transparente pasión de su propietario , Andrés Conde, a rebufo de la cual intentamos ponernos , aunque sea un poquito, los aficionados a esto del vino.

Empezó Andrés por ofrecernos un espumoso a base de Gamay llamado Pink Bulles elaborado por Jean Maupertois con una sola fermentación , con un aroma de ligera vinosidad y de crema , fresco y limpio, y que en boca era un carbónico cosquilleante y delicado mezclado con una suavísima pero presente acidez . Quizás esperábamos un poco más de empaque y vinosidad, pero a mi me pareció un aperitivo perfecto.

Seguimos con un vino de Saboya(Appellation Roussette de Savoie) : Marestel, elaborado por el tradicionalista Pasquier con la uva blanca Altesse, una casta autóctona difícilmente exportable. Un vino maduro , generoso, franco desde el principio , aunque cambiante, mejorando según se oxigenaba, y del que tengo anotados los siguientes tags: “crema tostada”, “anaranjado” , “un poco oxidativo”, “tappenade”,” pintura “,”repollo”,” mineralidad”, “campo seco” “buena acidez”, “compacto”, “natural”,…..Creo recordar que no llegaba en carta a 20 euros, así que oara llevarse una caja.

Probamos luego un vino llamado Quartz 2007 Domaine des Ardoisières , que en una cata ciega hubiera dicho que se trataba de una excelente chardonnay borgoñona de corte moderno, en el que la de clarísima expresión mineral terrosa, y una fantástica evolución en copa.

Seguimos luego con palabras mayores: un Vin de Paille de Overnoy en botella de 500 ml. Y del que no tengo anotados más datos (incluso lo de Vin de paille lo pongo en duda) que los que llegaron en una hoja arrugada: “frescura oxidativa”, “curry”, “eterno en boca”, emoción en cada gota”,…

Seguimos con una uva tinta de Saboya, la Mondeuse, con un vino sin duda sorprendente: Côte Pelée, elaborado por Jean Yves Péron, del que tengo anotado: “materia salvaje”,” explosivo”, “concentrado y fresco”, “cuchillo”, “rock & roll”….a mi me encantó.

Seguimos con un Mondeuse de perfil totalmete distinto, elaborado por el mismo Pasquier del que hablábamos al principio, en una línea más elegante y tradicional.

Y terminamos con un Vin Jaune 2002 de Ganevat. Os dejo el enlace a Verema porque yo me quedé, literalmente, sin palabras…


Y se queda uno con la impresión de que Andrés , en su trasiego de variedades y zonas recónditas, ha encontrado unas pepitas de extraordinaria pureza. Y se siente uno afortunado de que quiera compartirlas con nosotros, por tan poco a cambio. Me hace recordar el final de ese extraordinario viaje a las raíces del blues de Scorsesse, “Nothing but the blues”, donde un anciano, negro y ciego, en el porche de su casa vecina del Missispi ,igualmente desvencijada, toca malamente el blues en una flauta toscamente labrada con cuatro agujeros. Todo da igual cuando hay blues.

miércoles, marzo 17, 2010

Argán - La Casona de Llerana (Llerana, Cantabria), por Toni




La Casona de Llerana se encuentra situada en el pueblo homónimo situado en las estribaciones de los valles pasiegos. Impresionante casona montañesa transformada en un excelente hotel de tan solo 12 habitaciones con todas las comodidades y una tranquilidad casi absoluta.



A esto hay que sumarle el restaurante Argán del que se podría decir que es un restaurante asturiano situado en Cantabria al estar dirigido por los asturianos Adrián Mancheño en la cocina y Jordán Cortés en sala, bajo la dirección de Cesar Fernández Casado.

Tienen un menú degustación de 45€ (IVA incluído), 35€ para el cliente hospedado, y nosotros pedimos que lo alargaran un poco hasta los 55€ que costó el menú que al final tomamos. El agua y el pan están incluídos en el menú. Si a esto se le suma el que está prohibido fumar y a la inclusión del IVA en los precios se puede decir que estamos en un restaurante rayando lo paranormal en comparación con el resto de la hostelería española. Yo por lo menos no recuerdo haber visto estas 3 características a la vez en España, algo que debería ser la norma no la excepción. Enhorabuena.

Gracias a las fotos y a la prolija descripción de cada plato el lector se puede hacer una idea bastante fiel de lo comido.



Antes de empezar pedimos sendas copas de Fino Macharnudo Alto, invitación de la casa, acompañadas por unos botes con queso, anchoas, tomate y aceitunas, perfecto acompañamiento de las copas de fino.





El primer entrante del menú consistió en un cocktail de bienvenida, profiterol relleno de foiegras y gominola de A.O.V.E. . Un goloso profiterol combinando su dulzor con la grasa del foiegras y con la gominola de aceite limpiando el paladar ayudado por un cocktail de zumo de fruta de la pasión con albahaca. Puede parecer una entrada efectista para llamar la atención, lo que consigue, pero todo el conjunto formaba una muy notable combinación que estimula el apetito aun más.






Seguimos con la tortilla de trufa e ibérico que como se puede ver era en forma de espuma con la trufa y el jamón por debajo con el sabor intenso y muy rico de estos suavizado y complementado por la espuma. Rico, rico.





El tercer entrante fue una degustación de grasas vegetales y ahumadas consistente en una rica mantequilla al estragón con un notable y sabroso aceite de arbequina ahumado con serrín de arce que en este caso se me escapó de la foto.




La cuarta entrada tal vez fue la mejor de todas tal vez por no esperada. A modo de ensalada, lomo de trucha en dos cocciones presentada con piel crujiente, brotes de hierbas anisadas acompañando una picada en reconstrucción. El enunciado prácticamente explica el plato. Sorprendió el gran sabor de la habitualmente bastante insípida trucha con un logrado e intenso ali-oli. Muy bien.





Para acabar los entrantes muy notables también las kokotxas de bacalao al pil pil intensas de sabor y con un buen pil pil.



El primer pescado fue A modo de mar y montaña, pulpo asado en un aceite de sarmientos y ligéramente ahumado, teja melosa de ibérico, cremoso de pimentón y caldo mentolado de cocido lebaniego. Casi diría que el plato estrella de la cena. Ya he comentado en algún otro post que no me suelen convencer las preparaciones de pulpo que se aparten de la tradicional a la gallega, pero esta si. Estupenda combinación donde armonizaban de maravilla el pulpo y la crema de pimentón con el cerdo y todo ello acompañado de un sensacional caldo de cocido. Excelente.




Magnífico también lomo de lubina cocinado en un papillote transparente, frutas de invierno secas, aromas del campo y naranja amarga. Perfecto el punto conseguido con la lubina y muy rico el caldo resultante de la cocción con el toque de la naranja amarga.



El primero de los dos platos de carne fue el que menos nos chocó del menú sin ser malo ni mucho menos. Pichón de Araiz asado y reposado, jugo de alubia bañando una ratatouille de tres verduras blanqueadas en mantequilla noissete y frutos secos fritos en aceite de argán. A pesar del aspecto puede ser que el punto no fuera el deseado, pero el sabor del pichón por si solo no nos llegó a convencer del todo aún con un buen caldo de alubia.



Acabamos con la pieza de chuletero de vaca vieja hecha en sartén, macerada en un polvo de trufa blanca, brotes de especias montunas, achiote y frutos secos. Estupendo sabor de la carne con una interesante y original guarnición y el toque sabroso del achiote como colorante.






Como penúltimo plato llegó una selección de cinco quesos y confituras de los Valles Pasiegos. Considerable cantidad de quesos de los que recuerdo un par de Pasiegos, Picón Vejes-Tresviso y Ahumado de Liencres, con unas ricas confituras.
A estas alturas difícil acabarlos. La casa nos invitó a un vino dulce vasco, Itxasmendi.





Como postre nos pusieron un merengue ácido tostado cubriendo un sobao pasiego, nudos de cacao amargo y helado de yema tostada, otro guiño a la tierra del que si me hubieran cabido habría comido un par más.


La carta de vinos notable, con referencias clásicas, modernas y extranjeras, sin descuidar los blancos ni los generosos y dulces y además sin exagerar el margen de precios. Tomamos dos Champagne, Camile Savés Carte D'or Brut Grand Crû 2002, 40€, y André Clouet Grand Reserve Brut Grand Crû, 36€. Copas, cubertería y menaje de primera calidad.

El pan era de 2 tipos, una torta de Extramadura y otro pasiego y servido sin racanerías como suele ser habitual en muchos restaurantes y el servicio impecable a cargo de Jordán Cortés.

Nos llevamos una sorpresa muy agradable teniendo en cuenta de que llevan abiertos cuatro días como quien dice. Si ya dan este nivel en la actualidad se pueden esperar cosas importantes de este restaurante, que además ofrece una relación calidad/precio sobresaliente. Cocina apegada al entorno con sabores reconocibles pero a la vez con unos toques modernos y algunos contrastres de sabores bien pensados. Hay que ir.

Nota general: 8,5

Emoción: 9


Actualmente, el restaurante ha cambiado de jefes de sala y cocina y, por lo tanto, de modelo de negocio.


Argán (Casona de Llerana)

La Magdalena s/n. Saro. 39633 - Llerana CANTABRIA

942 593 539 www.casonadellerana.com/

ton



domingo, febrero 28, 2010

Restaurante Los Avellanos (Tanos, Torrelavega), por Jorge Díez



Escapada con rumbo a Cantabria; objetivo, Los Avellanos. Tengo Cantabria ahí al lado y la zona me gusta, así que es buena opción para un día libre. De este restaurante hablan bien varias guías pero no tengo referencias personales hasta ahora. O mejor dicho, no tenía, que poco antes de ir alguien que sabe mucho de vinos me da pistas sobre la bodega del sitio. La cosa promete.

El día tiene una luz bonita, hace algo de frío, se viaja con comodidad… pero estoy llegando a Torrelavega, población que nunca incluiré en una lista de mis preferencias. Normalmente no te hace falta fijarte, porque a cierta distancia se manifiesta El Olor, así, con mayúsculas. Alguien que viva allí podría hablar sobre él como el Coronel Kurtz de Coppola hablaba sobre el Horror. Pero es tiempo de máscaras y puede que hasta el aire quiera aparentar lo que no es y parecer puro. En fin, llegamos a Tanos.

Tampoco aquí vamos a encontrar mucho aliciente entre urbanizaciones miméticas, así que vamos directos a comer. La sala es funcionalidad pura: cuadrangular, blanca, luminosa… Los “cortes” necesarios para colocar a un lado cocina y bodega y para inventarse al fondo un baño, casi todo invisible si no lo buscas. Mesas amplias, bien separadas y cada una con su mesita auxiliar. La pared de la bodega pone una nota de color y sugiere vino, ¿o estaré yo imaginando demasiado? No sé, pero estoy cómodo, que es lo que me importa. La carta breve, con los ajustes en la oferta de pescados y con un par de platos de cuchara aparte. Y la de vinos se destaca: encuadernación más noble y un volumen manejable pero amplio, y dentro encuentro bastantes cosas de interés. No fallaban mis fuentes cuando me prometieron sorpresas en ese aspecto.

Atiendo la invitación de la casa a pedir medias raciones si deseo probar más cosas y empieza el convite.

La crema de boletus y pan especiado del aperitivo de cortesía huele bien y sabe mejor, me predispone favorablemente. Como también me hacen sentir bien el servicio amable, las sugerencias comedidas, un pan sabroso o los dos aceites (Oro de Bailén y Marqués de Griñón) y el cuenco con forma de trébol, para cada uno y para la sal especiada que te ofrecen.

Esto de viajar solo limita la elección de los vinos, así que entre muchas tentaciones francesas (Aviso para navegantes: es el apartado mimado de la carta.) me fijaré en un vino de paso fácil, versátil, ligero y que además tenga carácter; por pedir que no quede. Y si ha de ser todo eso ha de ser un champán. Hay unos cuantos apetecibles pero, ya que estamos y que sé que en la casa son buenos conocedores, que me aconsejen algo, que me sorprendan, ¿por qué no? Y me recomiendan el Jacques Lassaigne “Le Cotet” Extra Brut. Hago un pequeño paréntesis para reconocer dos méritos. Ese champán está en esa carta –además de por el interés del restaurante en cuidar sus vinos, claro- porque existe un sitio llamado La Ruta del Vino y una persona llamada Phillippe Cesco. Si os interesa este mundillo buscad y encontraréis motivos para agradecérselo. Y el otro mérito cae del lado de los blogs, venga, que también hacemos cositas. Me sorprendieron con el champán por sus propias virtudes pero también por una debilidad de mi memoria, porque si no hubiese recordado los comentarios que recogió el blog de Sobrevino más de una vez. Lo mismo: si os apetece pasaos por allí.

Pero yo había ido a comer, por lo tanto… Media de un plato ya consolidado de esta casa: Milhojas de perdiz, foie gras y manzana. Hay quien ha criticado poca renovación en la carta pero ni entro ni salgo en eso porque es mi primera visita. A lo que iba: equilibrado y sabroso el entrante. El foie no se hace pesado porque no se abusa de la cantidad, porque es bastante fino y porque contrasta con el carácter más agreste de la perdiz picada y con la acidez y el frescor de la manzana. Me gustó.

Después, otro medio entrante, el Carpaccio de carne roja con cremoso de queso ahumado. La presentación es un timbal formado con las lascas de carne y sobre el mismo la bola de crema de queso fría con unos brotes de cebolla. Y ahí empezó un pequeño motín de los platos contra el servicio de sala, que tuvo su primer episodio en la tendencia suicida del cremoso de queso, empeñado en saltar desde lo alto del timbal al plato. Infeliz, ¿no sabía que ahí lo iba yo a estrellar en cuanto empezase a separar la carne? Un poco más atemperado hubiese ganado casi la perfección, porque el corte, fino pero un poco más denso de lo habitual, y la calidad de la res vieja daban una potencia notable al plato. Ese sabor profundo, que definimos como mineral puede que sin mucho sentido, estaba ahí y marcaba el terreno. Y el queso era un acompañante perfecto, con un deje ahumado delicioso. La nota fresca de los brotes, con una punta ácida y un regusto dulce, completaba el cuadro.

Como principal escogí otro ofrecimiento fuera de carta que sonaba bien: Secreto de cerdo ibérico con frutos de mar. Un mar y montaña a su modo, con el secreto frito en tiras y acompañado de chipirón, langostino y unas sabrosas verduras con el punto de cocción exacto.

A todas estas, el champán estaba quedando como un señor. Una nariz delicada pero rica y constante, persistente. Carbónico nada punzante, acidez en la retaguardia. Manzana, mucha manzana, y fermentación leve; sugería la sidra bien elaborada. Enseguida notas de pastelería fresca, y luego la combinación de ambas, la evocación de la manzana asada… Vaya, que aquí no hubo que dudar qué hacer con la botella empezada porque sólo sobró una copa, poco más.

Llegamos al postre. La Isla de chocolate flota en un mar blanco con la manteca de cacao bien presente y deja que el náufrago vaya descubriendo entre la firme mousse trocitos de buen chocolate negro, destellos crujientes, hasta encontrar el tesoro, la trufa escondida en su interior.

Pero la calma de esta isla se va a ver alterada por nuevos ánimos belicosos. Fallido el ataque del queso kamikaze un infiltrado en los petit fours lo intentará de nuevo. Con el café venían unas gominolas de mango y coco, una trufita y un chupito de crema de café (descafeinado, por cierto) Y en la primera bandeja, cuando llegaba a la mesa, el chupito decidió dejarse caer para que su contenido causase todo el daño posible. Tampoco le sirvió de nada. Repulsa unánime de las demás golosinas, reacción tranquila de la camarera, vuelta a cocina y por fin pude tener acompañantes para un café solo.

En fin, una comida muy agradable. Para quien conozca El Serbal son conceptos con ciertos parecidos. Cocina teñida con las tendencias actuales, guiños a los productos de la zona, especial cuidado de la sala, bodega bien atendida, detalles para buscar la comodidad del cliente, para hacerle el restaurante cercano. En este caso aún más por la dimensión más modesta, más hogareña casi.

Antes de que la bancada de economistas me pregunte, unos cincuenta pavos por la comida y casi otros tantos el vino.

Ya hablé de la falta de alicientes en el entorno, con lo que prefiero ir hasta Santander a disfrutar de la tarde. Cafés, paseos (Qué incómodos son algunos recorridos por esta ciudad, con tanto sube y baja. Y no es que sea yo de tierra llana precisamente.) El mar, que casi siempre me hace más agradables los sitios. El viento, que a mí me gusta aunque tiene pocos amigos. Los rincones bonitos, algún edificio de interés, todo escondido entre otros más vulgares y poco cuidados. Pero mi paladar está satisfecho y mi cabeza me dice que pronto volveremos a La Cigaleña, que otro día tengo que pasar a curiosear por La Ruta del Vino, que Cantabria, igual que Asturias, ofrece bastante en ese terreno para su tamaño, probablemente porque apenas hay un vino propio que defender, y eso la hace más abierta. Eso, que mucho protestar pero esta tierra también me gusta. Además, está ahí mismo…