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jueves, diciembre 06, 2012

Andere (Vitoria), por Toni



Si en el post anterior decía que el Ikea es uno de los restaurantes emblemáticos de Vitoria, lo mismo se puede aplicar al Andere ya que lleva abierto nada menos que desde el 31 de Marzo de 1976 y por lo visto en su web ha llegado a tener 1000m2 de superficie de insatalaciones.

Tienen como chef colaborador a David Yárnoz del restaurante navarro El Molino de Urdániz. Ojeando la carta vemos que siguen en los viejos tiempos y no tienen los precios con el IVA incluído.




 Como apertivo de la casa nos pusieron una crema de limón con espuma, rica, pero creo que no muy adecuada al principio de la cena.

 Para los entrantes nos decidimos por dos que ya habíamos probado hace años en El Molino de Urdániz aunque con alguna diferencia. La presa iberica cocinada como antiguamente, brotes y crema  de parmesano, media 10,45€, se diferenciaba de la del Molino en que allí venía con un extraodinario helado de parmesano en vez de la crema. El resto era muy parecido, si la memoria no me falla, con la presa presentada más o menos en plan roast-beef. Bien.


Mejor estuvieron las sardinas cocinadas en humo de haya, sobre un trazo de encurtidos, anchoas, olivas negras, germinados de lenteja y cebolleta asada, media 9,35€, que nos gustaron igual que antaño con las sardinas muy poco hechas que armonizaban perfectamente con todos los acompañantes. Estupendo.


Estuvimos dudando pero al final nos decidimos también por la carne para los platos principales. La pieza de cochinillo, tallos de puerro y miel, 26,40€, nos explicaron que estaba hecho a baja temperatura, 65 grados, pero les quedó un pelín seco. No es que estuviera mal pero sí mejorable el punto.




El otro plato fue ternera glaseada, acompañada de una polenta cremosa y crujiente de parmesano, 17,60€. Unas carrilleras, sabrosas al igual que la crema de polenta y acompañadas de unos crujientes de parmesano casi adictivos.







Esta vez llegamos al postre. Nos fue recomendado especialmente el irlandés de cuchara, 7,15€, y doy fe de que estaba muy rico. Una especie de deconstrucción del café irlandes bastante lograda.












También estuvo bien el  helado y galleta rota de café con diferentes aromas de naranja, 7,15€, aunque algo más convencional.



 
La carta de vinos en una onda muy clásica y con precios aceptables para lo que se estila habitualmente. Tomamos un Viña Ardanza 2001, 31,90€. Lo que deberían urgentemente actualizar son las copas, peores que las de muchas vinaterías de segunda. El pan, 2,20€ c/u.

Una pena fue la desolación del comedor. Sábado noche con tiempo templado, ciudad grande y con nivel como Vitoria, y cenamos solos. Triste.

El personal de servicio, veterano y competente. Al final de la cena nos estuvieron enseñando los comedores y el jardín Begoña que tienen en el interior.

La sensación general fue satisfactoria. En la carta se juntan las dos tendencias, clásica y moderna por lo que la elección es variada. No se hasta qué punto se aceptará la parte moderna ya que viendo las intalaciones me da la impresión de que viven mucho más de las celebraciones que del comedor, aunque tiene pinta de ser restaurante más de comidas que de cenas. Sin duda, una visita la merece.


Andere

C/ Gorbea, 8 - 01008 Vitoria
945 214 930 www.restauranteandere.com

lunes, noviembre 26, 2012

Ikea (Vitoria), por Toni



Ikea es uno de los restaurantes emblemáticos de Vitoria y se puede decir que del País Vasco. El nombre se presta a hacer el chiste fácil con la tienda de muebles sueca pero en realidad significa "pequeña colina" en vasco.



 Hace unos años fue totalmente reformado por Javier Mariscal y Fernando Salas y hay que reconocer que les ha quedado una sala muy llamativa y original con distintas maderas, piedras calizas y granito, que no pasa desapercibida para el comensal. Precisamente en la mesa que se ve en primer término fue donce cenamos.

A los fogones está Iñaki Moya, que según la propia web del restaurante "prefiere cocinar a experimentar, pero que no desdeña investigar sabores e incorporar materias primas que no pertenencen al recetario tradicional".











  Mientras ojeábamos la carta, que lleva el IVA incluído en los precios, nos pusieron unos palitos con una crema de queso muy resultona. 


 
 
Nada más tomarnos la comanda nos pusieron el primer aperitivo de la casa que consistió en una crema de vainas

 y finalmente nos sirvieron otro aperitivo doble: un salpicón de marisco que no probé pero que cosechó elogios y una croqueta de queso que 

no estaba mal pero inferior a la de Ca Suso.









  Como entrantes pedimos dos. Excelentes las 
alcachofas fritas con trigueros y 
escalope de foie, 21,15€. Hace unos meses habíamos tomado el mismo plato en el Treintaitrés de Tudela y nos había gustado aunque con un foie mejorable. Aquí nos gustó aún más, con unas alcachofas extraodinarias y un foie magnífico en cantidad y preparación. Precio más alto que en Tudela pero no díría que más caro ya que fue superior en todos los aspectos. Muy bien.





 También nos gustaron mucho los raviolis de rabo con crema de mascarpone y trufa, patata cremosa y crujiente de zanahoria, 24,50€. También precio alto, pero el conjunto era excelente. Nada nuevo ni innovador pero un plato satisfactorio en todos los sentidos.



 
 Para los platos principales nos decidimos por la carne. Digo platos principales por el orden ya que alguno podría haberse intercambiado como entrante con los raviolis de rabo por ejemplo que también podrían ser un plato principal.




La hamburguesa de pato azulón, con lasagna de piña-café y salsa de cacao, 17,40€, fue la sorpresa de la noche. Soy un fan declarado del pato en sus diversas preparaciones y esta nos gustó mucho, con una carne sabrosa e incisiva muy bien acompañada por los sabores dulce-amargos de la lasagna de piña-café, aunque un poco rácana en cantidad, y la salsa de cacao. Muy rico.




 Algo inferior resultó el lomo de corzo con higos caramelizados y aroma de mostaza de violetas, 25,90€, ya que sorprendentemente al corzo le faltaba intensidad en el sabor. No es que estuviera mal pero no tenía la fuerza que se espera de la caza y casi dominaban los higos sobre el conjunto.








Al final solo llegamos para pedir un postre que fue una espuma de crema catalana con helado de naranja y sopa de chocolate amargo,7€, muy correcta y sabrosa pero sin alardes. La acompañamos por chupitos de M.R. y un Oporto L.B.V. a 3€ cada uno.









 La carta de vinos, amplia y en general muy basada en Rioja, normal estábamos en Álava, y Ribera del Duero. Precios altos. Tomamos un La Vicalanda 2006 a 28,50€. Al hilo de La Vicalanda como curiosidad precisamente dos días después estuvimos visitanto Bodegas Bilbaínas en Haro y resulta que tenían La Vicalanda a 17,50€ y en una tienda de Haro lo vi a 12,80€, aunque con la entrada de la visita te hacían un descuento de 5€ en la bodega.


La mantelería, menaje, copas, etc, de nivel alto como se puede esperar en un restaurante de este tipo, y el personal de servicio profesional y eficiente.


Pero no todo fue positivo ya que al final de la cena nos estaba dando la impresión de que olía a tabaco lo que nos extrañó mucho, pero resultó que cuando ya nos íbamos se dejaron entreabierta la puerta de un comedor reservado unos momentos y vimos que efectivamente allí estaban fumando. No puede ser que a estas alturas volvamos a las andadas de viejos tiempos afortunadamente superados.


Obviando este mal detalle, el restaurante merece la visita. Buenas materias primas, elaboración sensata, pequeños toques de modernidad y como dicen ellos mismos, sentido común. No es de precio bajo pero tampoco se puede decir que sea excesivamente caro.

 Ikea


C/ Castilla, 27, Vitoria
945 144 747 www.restauranteikea.com

domingo, junio 10, 2012

La cocina de Álvaro Garrido Por Jorge Díez





Llegamos al final de los asuntos pendientes, de los relatos demorados, y será con otro gran menú degustación en Mina (Bilbao). Este restaurante trabaja sólo con menú degustación variable, ajustado en el día a lo que ofrece el mercado, al mejor producto según el criterio de quien dirige los fogones, Álvaro Garrido, que habrá de transformarlo en el plato óptimo en cada ocasión. Así que hay que hablar de su cocina en general, no de una fórmula particular, porque no se repetirá necesariamente. Aunque haya rasgos comunes y platos frecuentes, cada menú acaba siendo algo único, singular, y más en nuestro caso. Albertobilbao me acompañaba ese día, y como visita la casa con frecuencia y además confía plenamente en Álvaro, nos pusimos en sus manos para que nos preparase algo especial.


Habitual controversia la del menú degustación cerrado. Pocas opciones para el cliente, nada que elegir; máxima responsabilidad para el cocinero, que ha escogido a capricho. Eso es poner el listón muy arriba, no se pasará por alto una decepción en la que sólo ha decidido una de las partes. En el caso de Álvaro yo creo que sale cada día más airoso de esa prueba. Ya tuve ocasión de hablar de Mina en este blog hace un año y me refería al restaurante como promesa, aludía a que todavía se guardaba algo. Y esta nueva visita me lo confirma. En ese poco tiempo ha crecido, ha asentado la técnica y el gusto personal, ha definido el carácter. Esto no quiere decir que ya sea una cocina terminada, con su evolución completa; sigo pensando que hay potencial para más sorpresas en la mesa, para satisfacernos con novedades durante mucho más tiempo.

En la cocina de Álvaro Garrido hay contrastes, muchos, y aportaciones de otras culturas culinarias, pero todo está bien integrado, tiene sentido, funciona. Esa tendencia, esa moda del recurso al producto exótico o a la receta foránea no siempre da buen resultado, necesita un proyecto coherente para encajar y no desentonar y aquí yo entiendo que lo hay. Por lo demás, el abecé de la buena cocina: ingredientes de temporada y en su punto, tiempo, fondos trabajados… También guiños a la tierra, al entorno, sus tradiciones y productos. 

Y así desfilaron por la mesa el hígado de rape a la diabla, con intensidad de sabor para dejar claras las intenciones desde el principio, o el txangurro en salsa de yema de caserío y fruta de la pasión, uno de esos entrantes de todo tiempo, que aceptaría diversas temperaturas. El foie a la cerveza negra con avellana y tartar de gamba blanca de Huelva, que puede intimidar con su enunciado barroco pero integra el conjunto de ingredientes y sabores en contraste hasta dar un resultado armonioso, lo más dulce con lo ácido, lo más graso con lo fresco. O el ravioli casero de perdiz a la canela, bocado que pasa demasiado rápido, del que te gustaría repetir. Breve, directo, relleno de un sabor tan concentrado…

Este menú busca un ritmo, una alternancia de platos más densos con otros más ligeros, y a la vez busca recordarnos el orden en que por costumbre se comían los platos en casa. Todavía estamos con lo que serían entrantes aunque todos tienen la misma entidad, el mismo peso específico en el conjunto. Mezcla de productos de prestigio u origen foráneo con los más cercanos, damos vueltas en torno a la memoria gastronómica y pasamos más de una vez por el mismo sitio pero no es un andar errático, es más bien el paseo sosegado por la plaza de nuestro pueblo, en buena compañía, rodeándola una y otra vez mientras evocamos buenos momentos.

Siguieron las verduritas de caserío servidas con sopa Kanala, que es la recuperación de una de esas recetas con mucho pasado, tanto que se pierde en el recuerdo y lo sustituye la disputa sobre cuál es el canon que debe seguir. No tengo autoridad para decir si es la receta por antonomasia ni me importa; lo que sé es que disfruté de un gran plato, sabroso y entrañable, con independencia de lo que pueda estar aportando al patrimonio gastronómico.
La yema de huevo de oca Euskal Antzara en salazón con pencas al azafrán y Martini blanco es otro plato que bordea el barroquismo y de nuevo evita el exceso o la distorsión. Presencia muy vistosa aunque en mi opinión no la más apetecible (¿exceso cromático?), da paso a una demostración de técnica cuidadosa, a una textura agradable, a unos sabores equilibrados sin esconder su audacia. No comería una propuesta así si viniese de cualquiera, sólo de una cocina en la que confíe ampliamente, y la de Álvaro Garrido ya es de esas.
Otro golpe de sabor intenso fue el hígado de Azpi Gorri ahumado con sésamo y cerveza de avellana. Os recordará a uno de los primeros bocados, el del foie, pero el hígado ahumado de cabra tiene una fuerza muy distinta a la grasa del ánade, y su consistencia hace que en ningún momento parezca un plato repetido.

Era el momento adecuado para un movimiento pendular, para un plato más fresco y ligero, el requesón de hierbas aromáticas con caldo de ave. Fresco y ligero hacen referencia a una primera impresión del paladar, al peso en boca, a la consistencia, no a la falta de sabor, porque en ningún momento la intensidad sápida bajó en este menú. Y como hemos refrescado el paladar –o eso le hemos hecho creer- podemos presentar el chicharro ahumado al romero con crema de coliflor y gelée de sus jugos, otro despliegue de sabores intensos bien conjuntados, donde la crema vegetal tiene que envolver y suavizar la carne salobre del pescado.

Y un ingrediente de culto para muchos en el plato final: la becada (vuelvo a recordar que es un menú de hace meses, que nadie se sorprenda). Asada, con crema de manzana y setas de temporada, preparación atractiva para la caza, en mi opinión. Aquí es el producto quien aporta ya suficiente potencia para no necesitar mucho más y así fue.
Todo este menú tuvo al lado un riesling, Palais 2008, y un Borgoña tinto, un Morey-Saint-Denis, Clos de Ormes 1er Cru de 2006. Ambos nos dieron muchas satisfacciones por sí mismos (aunque nos hubiera gustado probarlos con más años, cómo no), no se achicaron ante los platos de Álvaro, y nos proporcionaron buen tema de conversación, como corresponde a dos apasionados ante alguna de sus devociones. 


Hubo tiempo para postres, claro. Crema de almendra con lichi granizado y limón helado para empezar, para cortar la cadencia grasa y salada de los platos con frescura y un punto cítrico muy apto para ese fin. Plátano, café y oliva negra, postre más contundente y de mayor contraste entre ingredientes, para hacernos subir un pequeño repecho imaginario en los sabores. Otra vez puede parecer un enunciado complicado, una mezcla poco armónica, y otra vez se resuelve un plato con soltura, con naturalidad, para lograr el plácet del comensal en cuanto lo lleva a la boca. Y bajamos de ese punto con el sabayón de azúcar moscovado, helado de mandarina y yogur de limón, quizá el que más me gustó a título personal, redondo en mi opinión, perfecto colofón para esta gran comida.


El resto podéis suponerlo: café, charla de sobremesa entre nosotros y con el personal… Un buen rato, hasta media tarde. Salimos con Álvaro y un Bilbao plomizo, gris, fresco nos esperaba fuera. Él se fue a sus cosas y nosotros seguimos paseando con una sonrisa en la cara que a algunos les podía parecer hasta sospechosa. Ahora sabéis por qué.

lunes, marzo 12, 2012

Alameda (Hondarribia, Guipuzcoa), por Toni


Merece la pena y mucho visitar Hondarribia. Es un pueblo precioso, con una parte antigua amurallada llena de casas señoriales vascas coronada por el castillo del siglo X sobre el estuario del Bidasoa fundado por el rey navarro Sancho Abarca en el siglo X. Y no solo la parte vieja. Al lado del puerto está el barrio de La Marina con sus casas marineras vascas de entramado de madera pintada de vivos colores y lleno de bares en los que tomar sus "pintxos", aunque en este caso el nivel gastronómico no fuera lo que a priori prometía.

Y los alrededores no le andan a la zaga. Un descubrimiento fue el valle atlántico navarro del Bidasoa. Impresionante paisaje y bonitos pueblos como Vera de Bidasoa, Etxalar, Sunbilla, Santesteban, Zubieta y sobre todo Lesaka con un casco urbano digno de ver con sus llamativas casas de piedra y entramado de madera muy diferentes unas de otras de estilo vasco-navarro como se puede ver en la foto de la izquierda.



Y como no podía ser menos en esta zona la gastronomía tiene un lugar muy importante, como importante es el restaurante Alameda situado a pie del casco histórico de Hondarribia. Ofician los hermanos Txapartegi que por lo probado ofrecen una cocina de la tierra con algunos toques lejanos aportados por parte del personal de cocina, con pinceladas novedosas pero firmemente enraizada en la tradición y sobre todo rica, rica.

Aunque no todo son bondades. Tarjeta amarilla por no incluir el IVA en los precios de carta. Ningún restaurante puede desconocer las leyes que le incumben y menos los de esta categoría.

La crisis está siendo dura, esta claro, pero pensábamos que por estos lares lo sería menos y parece ser que nos equivocamos. Viernes noche y cenamos solos. Cuando llegábamos se levantaba una mesa de cuatro comensales y no vino nadie más. Muy triste y más viendo el amplio comedor que tienen y lo sabroso de la propuesta.



Como aperitivo de la casa nos pusieron una crema de calabaza con naranja y anisados, espectacular. No soy excesivamente amante de este tipo de cremas pero esta es probablemente la que más me ha gustado en muchos años.

Una ventaja de este restaurante que no se suele ver en otros, es que se pueden pedir todos los platos, postres incluídos, por medias raciones también y eso fue lo que hicimos con los entrantes.

El butakaku glaseado con manzana y frutos secos, media 12,96€, bien pensábamos que era un plato tradicional vasco viendo el nombre, pero resultó ser el nombre japonés de una papada de cerdo cocinada con soja de excelente textura y sabor en el que la manzana matizaba de maravilla la grasa de la papada y el conjuto armonizaba de cine con los frutos secos.

El otro entrante fue la morcilla crocante con avellanas y berza trufada, media 12,96€. Muy fina la morcilla, sabrosa y sin ser basta, rodeada por las avellanas y suavizado todo por la berza trufada de elegante pero incisivo sabor. Otro excelente entrante.

Para los principales nos decidimos por el pescado esta vez en su ración entera. Fantástico el mero con pochas y verduras, 30,24€. Producto no de primera sino extra, al punto perfecto y acompañada levemente por las pochas y verduras que por sí mismas también estaban muy buenas.

El mismo comentario se puede aplicar a la lubina con caldo meloso de algas, 30,24€, tanto a la sabrosidad del pescado como al acompañamiento. Hacía tiempo que no comíamos unos pescados de tanto nivel en el conjunto de producto/preparación/resultado.

Todavía las ganas nos llegaron para el postre pero esta vez tomamos medias raciones, que en realidad son postres normales como los pueden servir en restaurantes de parecidas características.
Muy rico el chocolate cuajado y naranja sanguina, 7,56€, tanto el excelente chocolate como el helado de naranja y un poco por debajo la leche de oveja ahumada, naranja amarga y crumble, 7,56€, en el que la leche estaba algo más ahumada de la cuenta para nuestro gusto, aunque el conjunto estaba bien.

La carta de vinos bastante buena y sorprendentemente no muy cargada en los precios. Tomamos un Naiades 2006, 28,08€. La cubertería, copas, mantelería, etc, de primera calidad y el servicio extremadamente competente aunque hay que reconocer que lo teníamos para nosotros solos.

Al final nos pusieron unos petit-fours de muy buen nivel también.

Es evidente que salimos muy contentos. Cocina sabrosa, bien hecha, con los pies en la tierra (en ambos sentidos de la frase), apuntes de modernidad, comedor muy cómodo y servicio de alta escuela. Y todo esto por unos precios no excesivamente altos y más teniendo en cuenta la zona en la que está. No cabe duda de que merece la visita.


Alameda

Minasoroeta Kalea, 1 20280 Hondarribia
943 64 27 89 www.restalameda.com

Toni


jueves, agosto 11, 2011

O ante todo, producto. Restaurante Elkano (Guetaria). Por Jorge Díez


El día siguiente amaneció gris, amenazaba lluvia en Bilbao. Un Bilbao donde desayuna fuera mucha gente, aunque sea fin de semana (Bueno, muchos eran visitantes, como yo). Un Bilbao con muchos pinchos, modestos o con pretensiones. Un Bilbao que compra en un mercado sometido a cirugía, que me parece que pierde cada vez más puestos. La reforma del Mercado de la Ribera es un paso necesario. Lo es porque estaba en condiciones deficientes y porque es un entorno estupendo que merece la pena conservar y potenciar. Pero un mercado tiene que seguir siendo eso, productos, oferta, clientes, no un parque temático para la contemplación. Y ahí es donde no veo tan claro yo lo de esta remodelación. En fin, el tiempo lo dirá.
Bueno, pues ese Bilbao compraba en el mercado de la Ribera y fuera empezó a llover. Ese Bilbao protestaba también junto al Arriaga, por muchos motivos. Y en ese Bilbao no nos quedaba mucho tiempo.
Esta es una anécdota que todavía no me había pasado nunca en ninguna andanza gastronómica. Resulta que a la una de la tarde van a cortar el acceso a Guetaria por una prueba deportiva, así que tenemos que llegar antes si queremos comer allí. Como Elkano es una casa seria, y como se arriesgaba a perder mesas, llamó a los clientes para advertirles. Luego tuvimos ocasión de ver pasar triatletas desde el comedor, durante toda la comida y más. Cosas de la sorpresa.
En esta visita y esta comida me acompañará otra bloguera que guarda silencio hace tiempo: Limonta. Ya conoce el sitio y he dejado todo en sus manos, reserva y esas cosas. Difícil aparcar con tanta gente.
Al llegar a Elkano ya te recibe una parrilla con pescado fuera, para ir aclarando las cosas. Allí puedes ir a lo que quieras pero casi está escrita la fórmula: rodaballo o lenguado a la parrilla y delante lo que quepa según el número de comensales. Y así fue. Nos aconsejaron sobre el peso de un bicho que daría bien para los dos y le pedimos unas cocochas para hacerle compañía, para que no estuviera tan solo en la mesa. La sala, de corte clásico, estaba llena. Nos tocó una mesa del ventanal semicircular del extremo, desde donde nos cansamos de ver pasar en bicicleta a los que nos habían hecho ir deprisa para poder comer.
Las cocochas en texturas (en salsa, a la parrilla y rebozadas) abrieron boca de maravilla. Y es que unas cocochas frescas y bien tratadas son un manjar; lo difícil suele ser encontrarlas y lo fácil, estropearlas. Mejor pedirlas en sitios así, seguros, solventes. Mientras tanto, el Egly-Ouriet Gran Cru iba refrescándose y dándonos apoyo en la conversación (¡como si nos hiciera falta!) aunque esta vez fuimos buenos y no nos reímos demasiado.
El negocio tiene una dimensión considerable y mucha clientela pero sigue siendo familiar, con todos los miembros presentes e implicados. Y el trato se ajusta bastante a esa idea, es cordial.
Y por fin llegó el rodaballo a la parrilla, la estrella del menú. La costumbre de la casa, además, es un ritual cuidadoso: te presentan la pieza y luego la trocean, emplatan y te dan indicaciones de consumo de cada parte. Eso podéis rastrearlo en muchos comentarios en la red de clientes que lo vivieron. Ese día, con mucha gente quizá, se saltaron lo de las “instrucciones” pero tampoco nos hacían falta; teníamos claro lo de asaltar aquel pescado hasta acabar con él. En rigor nos ganó por puntos, porque el animalito daba bien para tres personas o por lo menos, para dos y media, así que no pudimos chupetear muchas espinas al final. Todo lo que fuimos capaces de comer estaba exquisito.
Tampoco quisimos forzar demasiado y aprovechar al límite el rodaballo porque el apartado dulce prometía, así que había que dejar sitio en el saco. Hojaldre con crema y helado de café por el otro lado de la mesa y soufflé de chocolate con helado de plátano para mí, aunque probamos los dos postres ambos. Muy sabrosos, para cerrar el placer de la comida.
¿Por qué destaco aquí lo del producto?, ¿no considero el trabajo en este caso? Nada de eso: hay una atención esmerada, hay una sala cuidada –se lleva bien a pesar de estar llena-, hay una experiencia y una mano en esa parrilla que valen mucho… Pero lo del producto no lo digo yo, qué va, lo dicen ellos mismos. En un momento de conversación en la mesa fue alguien de la casa quien nos dijo “esto no lo hacemos sólo nosotros, aquí somos nosotros y lo de ahí”, señalando hacia el mar. Y es verdad, el mar decide. Es una carta llena de “según temporada” y de indicaciones verbales al margen, pero lo justifica. Elkano ofrece en su mesa lo que el mar quiere. Ahora bien, cuando lo pruebas lo entiendes. Y también entiendes por qué esa opción por el tipo de preparación: respeto, respeto máximo al producto, que es la guía de la casa en todo momento. La idea de pescado fresco y de tratamiento mínimo significa otra cosa, se entiende mejor después de comer en Elkano. Aunque ese tratamiento mínimo es a base de buen fuego, no de apenas calor. Daría para un debate acerca de las técnicas de cocina, clásicas o nuevas. Al margen de discusiones sobre los procesos culinarios, sinceramente, yo salí agradecido.
Después aprovechamos para dar un paseo por Guetaria y para visitar el discutido y discutible Museo Balenciaga, que de un modo simbólico ahora mira desde arriba a la casa donde la madre del modisto trabajó como costurera, el palacio Aldamar. Un espacio expositivo muy grande por el que irán rotando los fondos disponibles y alguna cosa más que se les ocurra, pero que todavía no está muy afianzado. Cuando los deportistas levantaron el cerco pudimos salir y seguir la excursión.
Costa, varios pueblos pesqueros de bajada difícil para regresar. Y al final, Algorta. Su puerto viejo, sus calles, sus rincones. Unos cuantos vinos, los anclajes emocionales de cada cual. Hora de descansar.
Para el día siguiente quedaba comprar más dulces, como de costumbre. Y visitar la exposición de Matta (Lo siento, Alberto, para ti resultó una “emboscada”.) pero esta vez os voy a ahorrar la parte artística.
Hasta pronto, Bilbao. Hasta pronto a mis amigos, allí o fuera.

domingo, agosto 07, 2011

Ante todo, trabajo. Restaurante Etxanobe (Bilbao). Por Jorge Díez


Repito visita a Bilbao con muchos elementos comunes, menos tiempo disponible y más amistades por las que dejarme guiar. Ya instalado –mismo alojamiento- me encuentro con mi primer cicerone, el bloguero silente Albertobilbao. (Todos estamos muy callados en esta tertulia desde hace una temporada.) Tiempo para un breve paseo antes de ir al restaurante.
La vez pasada había descubierto un local que anunciaba la próxima apertura de una tienda de objetivo bastante obvio: La petite fromagerie. Ahora es una apetitosa realidad con quesos que llegan desde Francia o desde el Reino Unido, desde Asturias (¡Sí, Rey Silo!) o desde Cádiz. Sería asiduo si viviese en el Botxo.
Llega la hora de cenar. Dejamos pasar un tranvía, enfocamos el Palacio Euskalduna y subimos al Etxanobe. Todavía hay luz y la temperatura es muy agradable pero rechazamos la oferta de una mesa en la terraza. Nunca tuvieron mi predilección y menos ahora, que han pasado a ser el territorio del humo.
Etxanobe no será el restaurante vasco más famoso por su producto; seguramente tampoco será el más audaz, el más vanguardista. No será nada de eso pero suele ser un seguro, una parada que siempre te ofrecerá regularidad y satisfacción.
Una sala muy cuidada en todos sus aspectos (iluminación, distribución, decoración, mobiliario y menaje…), un servicio muy atento y ajustado al punto de formalidad que el cliente demande, una carta variada y flexible y una buena bodega, suficiente.
Hablamos de una cena y no están las finanzas para muchas alegrías, además, así que nos ceñimos a una de sus propuestas, variada, no excesiva y a precio cerrado: el menú gastronómico. Puedes escoger cinco platos y un postre libremente de la carta salvo alguna escasa excepción.

Como llevo guía dejo que él me aconseje los platos imprescindibles de la casa, los clásicos. Enseguida nos traen dos aperitivos, salmón con crema de espárragos y esfera de tomate asado. Minibocados frescos y sabrosos y en buena armonía. También en armonía con la copa de champán Comme Autrefois de Françoise Bedel, un bien armado pinot meunier que nos sorprendió y que se desenvolvió en la copa con bastantes virtudes. De esos que no brillan por un aspecto concreto pero cumplen en todos; estructurado, fino, fresco. Nos gustó. A mí me quedó grabado el detalle del tapón “a la antigua”, fijado con cuerda en lugar de bozal metálico. Si revolvéis por la web podéis verlo.
Acepté todas las sugerencias, nos pusimos de acuerdo en los platos y empezamos a esperarlos mientras le dábamos tiempo a enfriar a un Borgoña blanco, un Clos de la Maltroie 2009, de Michel Niellon, un 1er. Cru de Chassagne-Montrachet. Otro acierto. Dudaba yo por su juventud pero estuvo a la altura en todo momento. Fresco pero elegante y con complejidad, que todavía desarrollará en la botella, seguro, pero que ya apuntaba en nariz y boca. Una buena lectura de una uva grande.

Y así fueron llegando el carpaccio de cigalas, sutil, ligero, muy bueno para el calor y la noche. La lasaña de anchoas sobre sopa de tomate, exquisito producto y respeto a los sabores; una idea sencilla y bastante clásica que fue de lo que más me gustó de la cena. Un atún sobre cebolla que elegimos por consenso con el personal de sala. Si es sensata, la práctica antigua de la recomendación debe mantenerse, es útil. Pero para ello hay que cuidarla, hay que hacerlo bien. Aquí lo hacen, sin presión, con diálogo y tratando de sondear los gustos del cliente.

Otro hito de esa cena fue el huevo poché con foie. También delicioso, cargado de sabor, potente sin excesos. Puede sonar a poco el enunciado del plato pero os aseguro que vale la pena incluirlo en cualquier menú.
Y acabamos lo salado con la vizcaína de morros y patas. Plato recio y popular, parecía un poco extraño en este marco tan elegante, tan sofisticado. Y sin embargo tiene verdaderos devotos que lo mantienen en la carta, que vienen expresamente a buscarlo y que lo consideran el mejor, o uno de los mejores, que se puede comer por estas tierras. No puedo entrar en esas clasificaciones pero diré que fue un remate cálido para una cena estupenda.
Con los postres, como sólo podías escoger uno, hubo más dificultad. Al final cedí a la tentación y pedí una mousse de tres chocolates, sin complicaciones pero fina, sabrosa, de ingredientes nobles. Ideal para un adicto como yo.
Con los cafés venían otros pequeños acompañantes dulces con muy buena presencia y mejor sabor: gominola de mango, brioche y trufa. Por pequeños que sean merecen ser citados por lo bien hechos.
No penséis que la descripción magra de los platos es porque fallasen en nada, es que es la idea que voy a intentar transmitir. Enunciados claros y productos a la altura de la calidad que le presupones a un local así. Habrá a quien ya le parezca sugerente con eso, a quien le apetezca probar. Pero lo que quiero destacar de este restaurante es el trabajo en sentido amplio, en todos los aspectos. Eso es lo que lo hace grande. Detrás de cada plato citado hay lo que no recoge mi descripción y lo que no siempre consiguen reflejar las fotos: detalles, cuidados. En cocina, en la idea y la ejecución, en el emplatado, en el servicio. Nada es azar. Cada gesto, cada palabra, la mirada discreta pendiente de los comensales, todo piezas de una maquinaria muy bien engrasada y probada para dar satisfacción al cliente. De una manera casi invisible, para que no te fijes en nada concreto, para no distraerte de la compañía en su caso, de la conversación privada, pero sin que en ningún momento te falte nada ni haya interrupciones o molestias. Es uno de los casos en que el trabajo de cocina y sala es el que hace grande a la casa, en que el nombre de restaurante es más apropiado. Sales de allí reconfortado y es por ese trabajo casi invisible pero omnipresente, en cada aspecto, hasta el más mínimo. Yo incluso puedo compararlo con una visita anterior, de hace unos años y en solitario, y me pasó lo mismo: no hay ese detalle que te queda grabado en especial, ese plato o ese vino, o aquella presentación, es un todo, es un recuerdo grato que envuelve toda la visita, la difumina y la hace cálida. Inspira confianza y calma. Invita a disfrutar de verdad de la comida sin pensar demasiado en productos, técnicas… Todo eso al comensal se lo dan resuelto –trabajo detrás, en los fogones y en el comedor-, no debe preocuparse. En suma, es un ejemplo de restauración clásica plenamente vivo, respetado, cuidado, actualizado (El aparatejo ese electrónico para la carta, por ejemplo, que te ofrecen además de la de papel. Puede gustarte más o menos pero verás fotos explicativas y sugerentes, eso que tanto me demandáis a veces.) para traer a hoy día y a las demandas nuevas del cliente lo que han hecho siempre los buenos: satisfacción como resultado.
Espero no haber sido muy parco y que no quede una impresión pobre del Etxanobe porque es un sitio estupendo. Sólo quería insistir en eso, en que es un todo, un saber hacer, un “bien hecho” lo que envuelve una comida allí y deja pleno placer sin que algo brille sobre lo demás. Parece simple pero no lo es en absoluto. Hay mucho esfuerzo detrás. Aquí entiendes de verdad por qué estás pagando por más cosas que la mera comida y aquí realmente valen la pena esas cosas adicionales.
Salimos muy satisfechos y lo dejamos ahí, nos fuimos a descansar con el recuerdo agradable. Al día siguiente me esperaba otro vasco esencial, muy distinto. Eso será el próximo capítulo.

sábado, enero 29, 2011

Perderse para encontrar. Por Jorge Díez




Esta serie de post nace enferma, vienen tocados de alguna manera por una fiebre, débiles. La enfermedad amenazó en su momento estos viajes y la enfermedad retrasó mucho la escritura. Ya no están frescos, ya no son de temporada, los detalles se van borrando… A ver qué tal les sienta salir al aire.
Bilbao… Volver a Bilbao siempre me apetece. Ya casi no recuerdo aquella ciudad vieja, sucia, que sufrió el castigo industrial; yo la conocí de verdad cuando cambiaba, cuando quería reinventarse. Además, le debo la revancha a Albertobilbao después del tute que le hice darse por Oviedo la última vez, así que quedamos y empezamos el recorrido.
Bilbao es un derroche de arquitectura civil, desde edificios singulares más o menos afortunados o discutibles, iconos que ya lo son o aspiran a serlo, que quieren llegar a tótem ciudadano, a una ordenada y bien cuidada sucesión en su trama urbana de construcciones valiosas, herencia de corporaciones que fueron fuertes (aseguradoras, bancos…). Vamos hablando de ello, vamos fijándonos hasta que entramos en una buena librería, la Librería Cámara, donde también hay bastante material de arquitectura, entre otras cosas. Pero nuestra afición nos puede y acabamos en el rincón de Gastronomía. De una sentada les llevamos los dos ejemplares que tenían del “Anti Parker”, de La batalla por el vino y el amor, de Alice Feiring.
De ahí a los sitios preferidos de Alberto. Tenemos que hacer parada en algún café, que si no no soy yo. De extremo a extremo en estilos, del Antzokia al Iruña, cada uno tiene algo que contarme. Y después a la caza del pincho ideal. No tendrá la fama de San Sebastián pero se encuentran pinchos muy buenos. Tortillas por las que se espera lo necesario, colas en una barra mínima para llevarse varios, ese sándwich con un agradable toque picante… Muchos bocados pequeños y muy ricos. A la vez repasamos novedades, bares que cambian, cartas de vinos, tiendas de quesos (En Asturias somos privilegiados con esos rincones de los que tanto hablamos por aquí, podéis creerme.) las pastelerías y lo que debo probar. O ese espacio todavía muy vacío que es la Alhóndiga. Da gusto con un buen guía.
Lleno la mañana siguiente con la exposición de pintura holandesa del Städel Museum en el Guggenheim, interesante y bien presentada. Llueve un poco. Esto tiene importancia porque vamos a perdernos entre montes, así que nos conviene tener un tiempo favorable. Efectivamente, para encontrar ciertos placeres a veces hay que perderse, hay que dejar que el paisaje te sorprenda, te envuelva, y predisponerse.
Parece mentira que haya autobuses hasta aquí, hasta la puerta misma del Etxebarri, en Axpe. Porque esto está colgado en la montaña, rodeado de aire limpio, de silencio, lejos. Y sin embargo es verdad, llegamos en uno, bueno, en dos autobuses, con trasbordo. Ahora soy yo quien tiene envidia. ¿Os imagináis algo así hasta La Salgar o hasta Prendes? O hasta tantos sitios más (Malleza, por ejemplo. Cada cual que haga su propuesta.).
Alberto ya me ha puesto en antecedentes sobre el sitio y su cocina. Lleva la chuleta en la cartera con lo que hay que pedir, así que la comanda es rápida pero variada. De la bebida se encarga él: un champán de su bodega y el detalle de un descorche que no nos cobran. Lo que digo siempre, el champán es un todoterreno para las comidas, y esta vez no fue menos.
Cuando te hablan de Etxebarri hay quien te asusta con el humo (algo habréis leído por aquí) quien te dice que te puede saturar. Pues no sé si fue el mérito de mi amigo al elegir o qué pero no hubo tal problema. Lo que hubo fue un desfile de productos poco disfrazados y de sabores intensos, que unidos a aquel paisaje y a la sala acogedora hicieron una comida reconfortante y a la vez una de las grandes, de las que recuerdas, de las que hacen que apuntes ese sitio para volver.
Un chorizo riquísimo y dos pedazos de mantequilla –de vaca, que me gustó más, y de cabra- mientras esperábamos por los platos. Ostra con algas o mejillones con una salsa sugerente (con zanahoria y pimiento choricero) para empezar a hacerte la boca agua, aunque en realidad todo el menú principal fue mar. Gambas de Palamós, espardeñas con habitas y flor de ajo, bacalao con cebolleta y calabacín… El mar y la huerta, la que está ahí mismo, al lado del caserío donde está el restaurante. Y unos postres también de lujo, con la leche que puede venir de esos pastos. Un helado de leche con tartaleta de manzana y un helado de queso.
En fin, todo un maestro con las brasas, capaz de sacar matices exquisitos a cada producto. Alrededor, casi todos nuestros vecinos en las demás mesas eran extranjeros. Había algo especial en aquello, en la idea de hacer un viaje así para encontrar este rincón tan apartado. Pero motivos hay de sobra. Fue la conversación al regreso: hay que repetir, este sitio vale mucho la pena.
Tenemos unas horas para pasear por Durango entre autobús y autobús. La villa en sí es bonita pero vuelvo sorprendido por el tamaño del pórtico de la iglesia de Santa María de Uribarri. De hecho, da cobijo a todo lo que haga falta. Gente charlando a resguardo, los que esperan para un funeral, vallas y otros trastos de las fiestas… He leído que se celebra mercado allí debajo y no me extraña.
Viaje de vuelta. ¡A cualquiera que se lo cuente…! Ya nos conoce una conductora de Bizkaibus. No puede haber tantos entusiastas que suban hasta allí en ese medio, que parezcan perdidos pero encuentren un tesoro.
Esa noche nos pide sólo unos vinitos, que el estómago viene lleno. Y hay que descansar para lo que todavía nos falta.