Tiene uno la suerte de ser un diletante y de que aún le queden muchas cosas por descubrir, de que aún pueda uno sorprenderse, de verse empequeñecido, desarmado, de que la emoción le embargue hasta lo más adentro, de enamorarse ante una copa de vino.
Esta semana organizamos la cata de de verano, que es una cata de despedida hasta septiembre, donde aprovechando algún remanente de las anteriores y con un pequeño esfuerzo adicional, solemos elevar el listón del homenaje. El año pasado fue la maravillosa cata de champanes de alta gama, y esta fue una auténtica orgía. En verdad fue una cena maridada que hicimos en La Salgar, donde comimos muy bien y fuimos estupendamente atendidos ( y es que no es fácil atender un maremágnum de copas para una pandilla de tiquismiquis cachondos), pero me vais a perdonar que me centre en los vinos:
Empezamos con un magnum de Pierre Gimonnet Millésime de Collection 1989, resultado de una prueba de la bodega. Un champán maduro y pletórico. Dominaban sobre todo unas notas penetrantes y embriagadoras de frutos secos (avellana,nuez moscada), después de las cuales, más levemente, aparecían las de pan tostado, miel, de naranja escarchada (como la del Grand –Marnier), mineral,…..en boca se presentaba complejo y elegante a la vez, un poco vinoso, amplio, con una acidez fantástica, integrada,y una burbuja viva pero fina, largo , largo, largo, y muy muy persistente. Llenaba la copa vacía , y aún hoy domingo , en la botella, estoy oliendo esos aromas de chardonnay madura. Maravillloso, conmovedor,…..
Seguimos con un Château D’Yquem 1996, que también generó controversia. En su descargo cabe decir que le faltó temperatura y, como se demostraría, también oxigenación. Y es que empezó apocado en nariz, delgado en boca, poco expresivo. Pero aún así, para mi (y para alguien más) mostraba una complejidad, una identidad, una delicadeza original,muy especial, marcadamente floral. Las notas de hidrocarburos se fueron rápidamente. También había miel, cítricos, y esa leve amargosidad de la botrytis. Una acidez menos evidente que , por ejemplo, en la mayoría de los Tokaji, pero que , lo mismo que el vino, se integraba impecablemente con el dulzor (como supo explicar alguien en la cata que sabe mucho más que uno). Poco a poco fue levantandóse en la copa, mostrando con plenitud todo su carácter. Y a diferencia del anterior, solo le vi subir. Así que me quedo con los últimos tragos, realmente embriagadores, que demostraron que también una voz baja se puede quedar grabada en la memoria.

Seguimos con Keller G-Max 2006, un rieling seco que se mostró juvenil, exhuberante. Aunque todos los vinos evolucionaron mucho, este fue el que más cambió durante la cata. . Parecía dar de cada vez una sola y potente nota, dentro de una melodía rica y potente: ahora la mineral, ahora la de cítricos deshidratados (albaricoque), ahora la más frutal, ahora unas notas vegetales, balsámicas, terrosas,…En boca tenía volumen, profundidad, y una acidez con vida para muchos años. Poco a poco se fue conjuntando, y , aunque lo disfruté muchísimo, me quedó la impresión de que lo mejor de este vino, aunque ya era mucho, estaba por venir.
Seguimos con un vino del más famoso pago del mundo: Montrachet , la cuna de la Chardonnay , del Borgoña, y de su mito de vinos complejos , elegantes y longevos. Este estaba elaborado por Marc Colin en 2005. Tenía una nariz con un perfume muy original, fresco, entre mineral y vegetal, con un poco de mantequila, pero en boca, la verdad, fue un poco decepcionante. Tenía poca expresión , poco volumen y la madera, aunque fina, todavía se notaba demasiado. Parecía un poco deslabazado. Así que dejé buena parte para el final. En ese tiempo el vino mejoró, se conjuntó, mostrando una carácter original, si no cautivador, sí muy atrayente. En todo caso, atendiendo a la leyenda, al mito, una pequeña decepción.
Seguimos con un Ornellaia 2004, el supertoscano que los Mondavi compraron a Ludovico Antinori. La verdad es que el el vino tenía mucho: mucha fruta negra, balsámicos, mineralidad, unos taninos finos, envolventes, una acidez refrescante, longitud, se bebía muy fácil…., pero eché en falta un poco de carácter, de hondura,….
aunque quizás no me lo hubiese parecido si el siguiente no hubiera sido un vino que precisamente andaba sobrado de hondura, de carácter: un Château Angelus 2000. Lo primero que venía a la nariz eran notas de cuero, pero un cuero viejo, penetrante, fino,y después, todo lo demás, porque tenía de todo: balsámicos, fruta roja, fruta negra, chocolate, notas vegetales, minerales,una acidez perfecta, notas ahumadas finísimas….todo con una intensidad, una vinosidad brutales , pero de forma fresca, elegante, sedosa. El mejor tinto que he tomado en mi vida y, sobre todo, diferente a todo lo demás que he probado. Hoy, en la botella, perdura aún esa vinosidad que ha dejado una muesca en la memoria. Lo dicho, un vino hondo, con alma, maravilloso.
Y terminamos con la vejez pletórica, y algo licorosa, de un estupendo Oporto: Casa Santa Eufemia Branco.
Sin duda, una cata inolvidable.
Esta semana organizamos la cata de de verano, que es una cata de despedida hasta septiembre, donde aprovechando algún remanente de las anteriores y con un pequeño esfuerzo adicional, solemos elevar el listón del homenaje. El año pasado fue la maravillosa cata de champanes de alta gama, y esta fue una auténtica orgía. En verdad fue una cena maridada que hicimos en La Salgar, donde comimos muy bien y fuimos estupendamente atendidos ( y es que no es fácil atender un maremágnum de copas para una pandilla de tiquismiquis cachondos), pero me vais a perdonar que me centre en los vinos:
Seguimos con un Château D’Yquem 1996, que también generó controversia. En su descargo cabe decir que le faltó temperatura y, como se demostraría, también oxigenación. Y es que empezó apocado en nariz, delgado en boca, poco expresivo. Pero aún así, para mi (y para alguien más) mostraba una complejidad, una identidad, una delicadeza original,muy especial, marcadamente floral. Las notas de hidrocarburos se fueron rápidamente. También había miel, cítricos, y esa leve amargosidad de la botrytis. Una acidez menos evidente que , por ejemplo, en la mayoría de los Tokaji, pero que , lo mismo que el vino, se integraba impecablemente con el dulzor (como supo explicar alguien en la cata que sabe mucho más que uno). Poco a poco fue levantandóse en la copa, mostrando con plenitud todo su carácter. Y a diferencia del anterior, solo le vi subir. Así que me quedo con los últimos tragos, realmente embriagadores, que demostraron que también una voz baja se puede quedar grabada en la memoria.
Seguimos con Keller G-Max 2006, un rieling seco que se mostró juvenil, exhuberante. Aunque todos los vinos evolucionaron mucho, este fue el que más cambió durante la cata. . Parecía dar de cada vez una sola y potente nota, dentro de una melodía rica y potente: ahora la mineral, ahora la de cítricos deshidratados (albaricoque), ahora la más frutal, ahora unas notas vegetales, balsámicas, terrosas,…En boca tenía volumen, profundidad, y una acidez con vida para muchos años. Poco a poco se fue conjuntando, y , aunque lo disfruté muchísimo, me quedó la impresión de que lo mejor de este vino, aunque ya era mucho, estaba por venir.
Seguimos con un vino del más famoso pago del mundo: Montrachet , la cuna de la Chardonnay , del Borgoña, y de su mito de vinos complejos , elegantes y longevos. Este estaba elaborado por Marc Colin en 2005. Tenía una nariz con un perfume muy original, fresco, entre mineral y vegetal, con un poco de mantequila, pero en boca, la verdad, fue un poco decepcionante. Tenía poca expresión , poco volumen y la madera, aunque fina, todavía se notaba demasiado. Parecía un poco deslabazado. Así que dejé buena parte para el final. En ese tiempo el vino mejoró, se conjuntó, mostrando una carácter original, si no cautivador, sí muy atrayente. En todo caso, atendiendo a la leyenda, al mito, una pequeña decepción.
Seguimos con un Ornellaia 2004, el supertoscano que los Mondavi compraron a Ludovico Antinori. La verdad es que el el vino tenía mucho: mucha fruta negra, balsámicos, mineralidad, unos taninos finos, envolventes, una acidez refrescante, longitud, se bebía muy fácil…., pero eché en falta un poco de carácter, de hondura,….
Y terminamos con la vejez pletórica, y algo licorosa, de un estupendo Oporto: Casa Santa Eufemia Branco.
Sin duda, una cata inolvidable.

