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sábado, noviembre 01, 2008

Restaurante Ramiro’s (Valladolid), por Jorge Díez


La segunda parada gastronómica de interés en mi visita a Valladolid fue Ramiro’s, restaurante con declaradas pretensiones innovadoras. Iba con cierto recelo por cuanto había leído, temiendo encontrar un local ultramoderno con envoltorio impactante y donde corría el riesgo de que se resintieran los fogones. No fue así, afortunadamente.

El local está en el décimo piso del Museo de la Ciencia, en una zona de expansión de la ciudad, al “otro lado” del Pisuerga. Cuando vas hasta allí recuerdas que Valladolid ya entra en la categoría de ciudad extensa, que queda lejos, vaya. Resulta un emplazamiento peculiar, donde los servicios están a dos pisos de distancia del comedor. La vista es buena por la altura pero tampoco permite contemplar una perspectiva agradable, sólo le beneficia por la abundante luz natural.

La sala está muy bien decorada para mi gusto, con materiales que evocan lo más tradicional (madera, textiles, piedra) pero en acabados funcionales, sutiles, con predominio de líneas rectas, y combinaciones cromáticas acogedoras. Sumados a la luminosidad crean un entorno cálido. Entiéndase con luz diurna en este caso.

Volví a recurrir –ya empieza a ser tendencia y sin embargo no es mi preferida- al menú degustación al ser la primera visita.

Previo al menú propiamente dicho hubo un despliegue de juegos culinarios con bastante buen resultado.

Un snack denominado “Crujiente de loto y crema de soja”, una cucharita agradable pero de poca trascendencia.

El aperitivo lo formaban cuatro miniaturas muy sabrosas: Magdalena de morcilla, croqueta de pollo, bocado de pan con tomate y jamón, y crema fría de calabaza con morcilla rallada. Se ajustan a su enunciado, así que sólo tengo que añadir que eran preparaciones finas, bien elaboradas y de gran intensidad de sabor las cuatro. Todo sabía a lo que decía ser y sabía bien.

Para acompañar durante todo el menú salado me ofrecieron aceite y unas salsas. Podías elegir entre dos arbequinas y un picual de Rueda y decidí probar éste, a ver cómo se portaba la potencia de esa oliva por aquí cerca. No llegaba a la fuerza de algunos picuales andaluces ya comentados por el blog pero cumplía muy bien su función y ese tono más suave lo hacía un buen comodín para cualquiera de los platos. Satisfecho con mi elección.

Y en un plato auxiliar te ponían cinco salsas para ir combinando al gusto: de un queso de la zona, de hongos, de pimiento, de morcilla y una quinta que he olvidado. Densas y de marcado sabor. Me parece buena idea para acompañar el pan y “cambiar” sabores entre platos, cortar entre partes del menú; no desdibujaron nada de lo que salió de cocina.

Todo este baile de complementos fue una buena prueba de la calidad del servicio, competente, cortés pero capaz de crear comodidad, cercanía al comensal.

Empezamos con una entrada fría, “Carpacho de solomillo, sardina ahumada y helado de arándanos”. Armonía entre una carne suave y una sardina potente. Ahumado, ácido y grasa en estupendo contraste. Fresco y con personalidad. Buen comienzo.

Después, “Crema tibia de mejillones con brandada de bacalao en canutillo de calabacín”. Este plato era específico del menú degustación y no figuraba en la carta, a diferencia de los demás. Resultó agradable, suave pero no falto de sabor marino del mejillón. Puedo adjetivarlo como más “doméstico”, más casero que el anterior. No ofrecía esos contrastes y esos sabores fuertes pero entonaba el estómago. Entre ambos hacían una buena muestra de entrantes fríos y calientes.

El “Risotto de calamares, aire de parmesano y escamas de atún en movimiento” es un plato espectáculo, pero está cargado de motivos para gustar y para estar ahí. Fue lo que deshizo mis dudas sobre si había fondo detrás del oropel. No me llaman la atención esos juegos que a veces se olvidan de la función de un plato pero aquí los encuentro acertados. Primero, un detalle retro muy simpático: venía con campana encima, que retiraban al servirte. La eclosión de aroma marino, intenso del atún seco y dulzón del calamar, era estimulante. El aire de queso era leve pero pleno de sabor. El arroz tenía la textura conseguida. Y el efecto visual de las escamas de atún me hizo gracia. ¿Por qué no vamos a jugar con las cosas de comer si no las estropeamos? Parece que lo logran desecando por completo el atún, que se presenta en unas lascas pequeñas casi transparentes, y que reaccionan con la temperatura y la humedad del plato y ondulan insertadas en el arroz, “bailan” delante del comensal.

El “Bacalao con crema de erizo a la vainilla y guisote de sus callos” fue la propuesta que menos me emocionó del conjunto. No porque estuviera mal, que no lo estaba, sino porque he probado varios bacalaos con sus callos más intensos, más rotundos. Y también quedó algo flojo el sabor del erizo de mar con vainilla. Un crítico profesional escribió sobre Ramiro’s que su cocina se definía por lo que no se notaba. Eso mismo lo he observado en otros sitios: ingredientes para domar, para frenar, para atenuar un sabor y conseguir así el resultado óptimo de las combinaciones. Aunque aquí faltó algo de potencia; lo que no se percibía se echaba de menos. Fue un problema de expectativas: el enunciado del plato le dijo a mi cerebro una cosa y mi paladar no pudo llegar a lo mismo. Pero esto es un pequeño valle entre cumbres, que conste. El plato era rico, sólo que desmerecía entre sus acompañantes.

Y un plato de carne para cerrar el capítulo salado: “Lomo de ciervo con ciruela al vino, tierras y queso azul de Valdeón ahumado a la lavanda”. Triple mortal carpado. Desafío a los sentidos, maridaje imposible, orgía de otoño emplatada. Aquí se la juegan. Llevan al límite los contrastes y las combinaciones arriesgadas. Conmigo acertaron. No dejé de sorprenderme hasta terminar el plato. Me mantuvo en tensión todo el tiempo, paladar y olfato desmenuzando todo aquello. Me gustó y admiro el riesgo y la buena resolución. Es de esos platos en los que suelo advertir que no son para todos los públicos. Pero para el espectador-comensal adulto y acostumbrado, grandioso plano secuencia del otoño en la cocina.

Había dos panes para elegir, uno integral y otro recio llamado “de Valladolid”, que fue idéntico al que comí en el restaurante “Trigo”, comentado recientemente. Escogí este, así que me remito a lo dicho entonces.

Todo este menú es un buen muestrario de su cocina porque, salvo el plato que se indicó, es un extracto de su carta, que ofrece alguna propuesta más pero no abusa, es corta y ajustada a productos de arraigo local y de la temporada. Muy sensata esa opción. También la de vinos me parece comedida: varias referencias tradicionales pero de calidad, variedad de precios, algún lujo y una pequeña presencia de zonas y marcas menos habituales. Tienen además carta de aguas y de cafés y tés.

Bebí un “Clos María 2006”, blanco de la D. O. Montsant, de garnacha blanca, chenin blanc y moscatel de grano menudo. Amarillo pálido con buen brillo, nariz tenue y amable, floral, aromas de pera. Fresco y con fácil paso de boca. Fruta blanca y hasta algún destello anisado en el paladar. Cumplió estupendamente con todos los platos salvo con el desafiante ciervo, que podía complicar cualquier maridaje.

Como pre-postre, “Piruleta de requesón y vainilla helada en nitrógeno”. Esta vez los efectos especiales estuvieron un poco de más (la congelan ante la mesa) y el resultado es modesto: lácteo y dulce combinan bien pero los dos estaban algo faltos de intensidad.

El postre, en cambio, sí era del nivel de los platos. “Espuma de pistacho con helado de frambuesa y aire de vino, más polvo de yogur al limón”, que volvía a jugar con las técnicas de moda (aire, polvo…) pero que presentaba dos elementos dominantes –pistacho y frambuesa- con sabores marcados y buena relación entre sí, además de una textura perfecta. El aire de vino y el polvo de yogur eran más sutiles y esto también beneficiaba al postre, porque marcados en exceso hubiesen desvirtuado el conjunto pero insinuados nada más añadían notas agradables.

Unas golosinas acompañaron al café, que era muy bueno (de Yauco, Puerto Rico). Gominola de chocolate, otra de fresa y coco, magdalena de pistacho, especialmente sabrosa, una roca y otro más que tampoco recuerdo.

Hubo “paseíllo” del cocinero pero en la forma más correcta: concluido el servicio, por todas las mesas y con la misma atención en cada una.

En suma, una experiencia muy agradable, otro soplo de aire fresco en plaza gastronómica conservadora y otro caso en que la innovación no pierde el norte de la esencia de la cocina (producto, estación, región) A partir de aquí, cuestión de gustos. A mí me convenció.

La “dolorosa”, en detalle: 58’88, el menú; 2’81 de pan, 2’80 de agua, otros 2’80 el café y 21’50 el vino, precios sin IVA. Total final con impuesto, 88’79.

Al final te ofrecen un formulario para dejar el correo electrónico por si deseas recibir información de actividades especiales que organizan y es cierto que las hay y que te avisan. Me ha llegado estos días el programa de un encuentro con Bodegas Mauro, con visita, cata y cena.


Datos:

Restaurante Ramiro’s
Avda. de Salamanca, s. n.
Tfno. 983 276 898

martes, octubre 21, 2008

Restaurante Trigo (Valladolid), por Jorge Díez


Valladolid me dio dos buenas satisfacciones en la mesa, entre varias más, en una visita reciente. Este local está casi escondido pero en una zona estupenda. Frente a la Catedral y la Antigua nos sirve de pista un bar que hace esquina y lleva el nombre de la calle: Los Tintes. Pues en esa calle, atajo con poca luz, está Trigo. Lleva abierto algo más de un año y parece que va haciéndose un hueco en el panorama bastante conservador de la gastronomía vallisoletana. Creo que en este viaje visité dos de las excepciones y esta es la primera.

La decoración es sobria y en tonos tenues: crudos, gris, blanco... La mantelería, la abundante madera clara, materiales naturales, acabados sencillos, que dejan ver el producto puro, tal como pasará con su cocina. Es un buen presagio y es muy agradable. Buen comedor y buen menaje.

El servicio de sala atiende con amabilidad, con calidez. ¿Queréis una prueba indudable? Intentad cenar solos, totalmente solos, una persona nada más en un restaurante, sin sentiros incómodos en ningún momento, sin sentiros observados, apurados para decidir qué tomar o para acabar un plato. Por azar ese fue mi caso y os aseguro que no pensé en cuánta gente había o no. En ningún momento me distrajo nada; solos comida, vino, música y yo, con una atención exquisita. Por suerte, no es lo más común para ellos según me dijeron (a mediodía habían tenido mucha gente) y me alegro, porque me parece un buen proyecto hostelero.

Como aperitivo me pusieron un plato generoso de arbequinas y un vasito de crema fría de lentejas con perdiz escabechada y pan de nueces. Este mini-guiso estaba estupendo, sabroso, intenso y sin embargo, ligero.

Entre tanto, las cartas. Propuesta corta y con buen tino. Resultaban sugestivos la mayoría de los platos. Y los vinos, en la misma línea: variedad, alguna referencia menos conocida y precios ajustados.

Tomé primero el “Huevo poché con guiso de lengua de ternera y arroz inflado”, que me gustó bastante. Llamativo el uso de la lengua, que parecía desterrada de las cartas con más pretensiones, y el detalle de la casa de recalcar que es ese el ingrediente del guiso, por si es motivo de rechazo. Su textura era muy suave y la combinación de ingredientes armonizaba bien. Plato sabroso sin complicaciones.

De plato principal, “Cabrito con trigo y ensalada”. Plato muy clásico en versión libre. El trigo como guarnición en lugar de unas típicas patatas, por ejemplo, que aligera la receta (prudente para una cena) y a la vez es un guiño al cereal castellano esencial, como lo es también el nombre del restaurante. La presentación era esmerada y la ración abundante, y otra vez el servicio muy pendiente de que no se quedase frío al final. Corría ese riesgo por su tamaño pero mejor no recalentar nada, que eso es pecado. Quizá sea buena idea que aumenten la temperatura del plato de servicio en este caso. La carne estaba en un punto ideal, jugosa, y era de muy buena calidad, con el sabor y la finura de los mejores cabritos de la zona. Y el asado era impecable y conseguía combinar suavidad interior con un exterior crujiente sin fallar en ninguno de los dos extremos.

Para beber escogí un “Frontaura 2004”, un crianza de Toro que no había visto por Asturias y que fue buena compañía para el menú, sobre todo para el cabrito. Acidez adecuada y una madera sin excesos, para darle cuerpo y fuerza ante la grasa y el toque montuno del plato.

De postre, “Copa de gelatina de naranja, crema de queso y espuma de calabaza”. Muy sabroso cada elemento y buena combinación, apoyada en la idea de contrarrestar lo más intenso de cada ingrediente con un antagonista adecuado.

Hay que destacar también los panes. Acostumbrados a que sean un lunar en la mesa, aquí me ofrecieron cuatro tipos con muy buen aspecto. Probé dos, una torta de aceite tierna y fina, muy buena con el primer plato; y un pan “de Valladolid” (que volvería a encontrar en el otro restaurante, del que hablaremos en su momento) pieza mediana de pan rústico con masa compacta, sabroso y contundente, perfecto para el plato principal.

Fue una cena agradable, con platos sencillos, de corte clásico, pero con detalles que los afinaban, que los hacían más presentables en una mesa actual. ¿Qué adjetivo vacuo podemos usar? ¿Cosmopolita? Es lo malo de tanto tópico repetido, aunque se entiende de sobra lo que quiero decir, que uno puede y debe disfrutar de un cabrito sabroso aunque sea de noche y sin ser Obélix, pero eso exige un trabajo de reflexión en la cocina, requiere mano para poner en forma esos platos sin perder los sabores de siempre. Producto respetado al máximo, como corresponde a la formación del cocinero, que pasó por restaurantes del polémico Santi Santamaría.

En el buen sabor de boca con el que salí también influyó el oído: un estándar de jazz en su punto de volumen combina con muchos platos.

Total de la factura: 75 euros (25 del vino)

Espero que les vaya bien, porque Valladolid pide algo más en gastronomía.



Datos:

Restaurante Trigo
c/ Los Tintes, 8
Tfno. 983 115 500
(Figura una web pero no está operativa)